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Archive for 15 diciembre 2009

DATOS PERSONALES

Nombre: Alba                                                                     

Apellidos: Castillo Julián

Fecha Nacimiento: 29/03/91                                         

Móvil: 626646509

Lugar de Nacimiento: Zaragoza                                         

DNI.: 73022813-K

FORMACION ACADEMICA

Sept. 2003/Junio 2007

§       EDUCACIÓN SECUNDARIA OBLIGATORIA

§       Colegio Lestonnac

§       I.E.S Miguel Servet de Zaragoza

Octubre. 2007/Actualmente

§       ESCUELA MUNICIPAL DE TEATRO (Zaragoza)

FORMACIÓN ACADEMICA COMPLEMENTARIA

Diciembre 2008

§       CURSO DE CLOWN

§       Por Darío Levín

Feb. 2009

§       CURSO DE MAQUILLAJE

§       Por Ana Bruned

Junio 2009

§       CURSO DE TITERES

§       Por “La tía Elena”

§       Teatro Arbolé

EXPERIENCIA LABORAL

Dic. 2007

§       Colaboración en CABALGATA DE REYES

§       Ejea de los Caballeros

Mayo 2009/Junio 2009

§       ANIMACION INFANTIL

§       Fiestas privadas, comuniones y colegios

Junio 2009

§       Empresa: SCHLEIKER

§       Funciones: Atención al público/Caja

Agosto 2009/Actualmente

§       Empresa: ORQUESTA OSIRIS

§       Funciones: Bailarina

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En la red se puede encontrar este interesante archivo de monografías y materiales sobre Tartufo:

http://www.tesisymonografias.net/tartufo-/1/

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Datos personales:

-Nombre: Blanca.

-Apellidos: Murcia Santiago.

-Fecha de nacimiento: 15-09-1989.

-E-mail: blanki_blankit@hotmail.com

-Formación académica: Bachillerato y cursillo de monitora de tiempo libre.

Actualmente me estoy formando en la escuela municipal de teatro de Zaragoza, estoy en el último curso.

-Experiencia profesional:

He trabajado haciendo  animaciones infantiles.

He trabajado como actriz haciendo  desfiles temáticos en cabalgatas de reyes.

He trabajado como actriz haciendo animación de calle en  Expo Zaragoza 2008.

He trabajado como actriz en un spot publicitario a nivel nacional.

He participado como actriz en el corto “Despacho  de ventas” dirigido por Pablo Malo para el festival Ecozine.

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Nombre: Javier.

Apellidos: Zapater García.

Fecha de Nacimiento: 05/01/1988.

Lugar de Nacimiento: Zaragoza

DNI: 76922551-V

Dirección de correo electrónico:  Javier.zapater@hotmail.es

Teléfono: 617 47 84 21    Fax: 976 22 50 50

Carnet de Conducir: B, coche propio.

Disponibilidad Geográfica

Formación académica.

       Escuela Municipal de Teatro de Zaragoza, actualmente en 3er curso.

       Título de bachiller en la Escuela de Artes y Oficios de Zaragoza.

       Curso de “imbecilidad” (clown) impartido por Pep Vila  (16 horas)

       Curso de “Actor frente a la cámara” dirigido e impartido por Alicia Sánchez    (50 horas)

       Formación musical en Guitarra eléctrica durante 6 años hasta la fecha, en la Escuela de Música Moderna “Level”.

Experiencia Profesional:

AUDIOVISUAL:

       Extra en el largometraje “Que se mueran los feos” dirigido por Nacho G. Velilla. 2009

       Actor secundario en el corto “Cual para Tal” dirigido por Arturo Carrasco. 2008

       Actor secundario en el corto a nivel Nacional de donación de órganos “En el lado de la Vida” con la colaboración de Candela Peña. 2008

TEATRO

       Actor en “Los Miliendres S.A”; obra dirigida y creada por “Denominación de Origen Teatro” en Miedes. 2009.

       Teatro de Calle “El Saco de la Historia de Gargallo” en Gargallo (Teruel). 2009.

       Figurante en la opera “La Traviatta” dirigida por Luis Merchán, los días 26,27 y 28 de Junio de 2009 en la Sala Mozart de Zaragoza.

       Actor en la representación de la versión de “Sueño de una noche de verano” de William Shakespeare llamada “Summer Circus Dreamers, El Fallo de Puck” dirigida por Blanca Resano. 2009.

       Actor en la representación de “Historias de Ayer”; obra dirigida y creada por el grupo de Teatro “Denominación de Origen”. Participó en el primer certamen de teatro independiente amateur de Zaragoza en el C.C.Universidad. 2009.

       Representación “Un cuento de Invierno” de William Shakespeare en la plaza de España de Zaragoza. 2008.

       Animación / Teatro infantil “Al loro con el Tesoro”  representada en el Hospital Miguel Servet (Zaragoza).2008.

       Representación “Don Juan Tenorio” en el Cementerio de Zaragoza por parte de la Escuela Municipal de Teatro de Zaragoza. 2008.

       Performance en el “Bar La Piedra” en la localidad de Ateca. 2008.

       Animación / Teatro infantil “La Princesa Orfidea” en el Colegio Valdespartera (Zaragoza) 2008.

       Payaso para la compañía de espectáculos “Liberty” desde 2006 hasta la fecha.

      Monitor del taller de teatro de verano con materias de pantomima, expresión corporal e interpretación a edades comprendidas entre 12 a 42 años en la localidad de Ateca. 2008.

      Animación / Teatro infantil  “La princesa Orfidea”  en la localidad de Ateca. 2008.

      Actor en la obra teatral dispuesta para la inauguración de “El Paseo de la igualdad”  organizado por “Casa de la mujer” (Zaragoza). 2008.

      Actor en la obra teatral “la habitación 405”  escrita por Marilia Samper y dirigida por Félix Martin representada en la Escuela Municipal de Teatro de Zaragoza. 2008.

      Teatro de Calle organizado por la Escuela municipal de teatro de Zaragoza. 2008.

      Actor en Animación / Teatro infantil  “Los Pintores” en la localidad de Ateca. 2008.

      Actor en la cabalgata de Reyes  en la localidad de Ejea de los Caballeros. 2008.

      Actor de la obra teatral “Muerte en el Barrio” representada en el Centro Cívico Río Ebro. 2005.

      Protagonista de la obra teatral “El enfermo Imaginario”. 2002.

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Daniel Costas (actor)

Daniel Costas Oliete

Fecha de nacimiento: 30-7-1989

Es estudiante de tercer curso en la Escuela Municipal de Teatro de Zaragoza y de Filología Hispánica en la Universidad de Zaragoza también de tercer curso.

Ha trabajado como animador de calle en las cabalgatas de reyes de Ejea en 2008 y 2009 y como actor en un spot publicitario a nivel nacional para Muebles Rey en 2008.

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Laura Gracia (actriz)

 

NOMBRE Y APELLIDOS: GRACIA SEGOVIA, Laura.

LUGAR DE NACIMIENTO: Zaragoza

DNI. NÚMERO: 72987984 – Z   Zaragoza

TELÉFONO:  654144799

EMAIL: laurispaguetti@hotmail.com

FORMACIÓN ACADÉMICA

2007-2010 Escuela Municipal de Teatro de Zaragoza (3er curso) 2004-2006 Ciclo Formativo de Grado Medio en peluquería (ARTE-MISS) 2005 Titulo de Mecanógrafa (KÜHNEL) 1996-2004 Lenguaje Musical, Coro y Piano (Escuela Manuel de Falla) 2002 Graduado ESO (IES Ramón Pignatelli) 1994-1996 Lenguaje Musical, Coro y Piano (Conservatori Superior del Liceu de Barcelona).

FORMACIÓN COMPLEMENTARIA

Zancos: curso de manejo con K de Calle. Maquillaje: curso con Ana Bruned (dentro de la EMTZ) Flamenco: alumna de Miguel Ángel Berna durante tres años. Flamenco, Ballet y Contemporáneo: alumna de la escuela Emilia Bailó durante dos años. Jazz, Técnica Base y Ballet: alumna de Ángel del Campo durante tres años. Flamenco y Danza del Vientre: alumna de Carlota Benedí durante dos años. EXPERIECIA LABORAL 2000-2009 Orquesta Osiris (cantante, bailarina, coreógrafa y diseñadora de vestuario) 2009 Modelo en el desfile “Historias a Puntadas” (NOVO) “Cinemafreak” (Diplopía Teatro) “Ni Princesas Ni Esclavas” (Diplopía Teatro) “La Traviatta” de Giuseppe Verdi (dir. Luís Merchán) “Pecados Capitales” episodio piloto (dir. Jose M. Iranzo) “El Fallo de Raccord” cortometraje (dir. Darío Fernández) 2008 Anuncio On-line Campaña de Navidad de “AMBAR”

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El texto que utilizamos

PRIMERA PARTE


 


Cuadro primero


 


(Interior de la casa de Orgón. Se escuchan voces acaloradas. Salen precipitadamente la Señora Pernel, Elmira, Mariana, Cleanto, Damis, Dorina y Felipa.)


 


 


Pernel.- ¡Vamos, Felipa, vamos a ver si me libro de esta gente de una vez por todas!


 


Felipa.- No soy capaz de seguiros, señora.


 


Elmira.- Corréis tanto, querida suegra, que no hay quien os siga.


 


Pernel.- Déjame en paz, nuera, no te molestes ahora. Yo no necesito tus amabilidades.


 


Elmira.- No son sino el pago de lo mucho que os debo, señora Pernel. Pero, ¿porqué os marcháis con tanta prisa?


 


Pernel.- No soporto una casa como la vuestra, donde todo está manga por hombro, y además nadie me hace caso ni se preocupa por aprender mis lecciones. No se me respeta, todos alzan la voz cuando les da la gana y más que una casa digna parece un mercado a la hora de la compra.


 


Dorina.- Digo yo que…


 


 


Pernel.- Tú, Dorina, estarías más guapa calladita. La sirvienta de la casa, ¿verdad? Pues cuchichea cuando estéis solas. Ponme verde entonces pero no alces la voz a cada momento.


Damis.- Pero yo…


 


 


Pernel.- Cinco letras, Damis: nieto. Y otras cinco: tonto. Tú tienes derecho a los dos grupos de cinco. Uno, por nacimiento y otro por méritos propios.


 


Damis.- Pero, abuela…


 


 


Pernel.- Guárdate eso de abuela donde te quepa. No hace falta ser nada tuyo para darse cuenta de que mereces las cinco letras. Y así se lo he dicho mil veces a tu padre, mi querido hijo, a quien supongo que has salido, que cada día tienes más el aspecto de un pícaro fracasado, y que no le darás más que disgustos.


 


Mariana.- Yo creo, abuelita…


 


 


Pernel.- ¡Lo de abuelita me revienta más todavía! ¡Je, la hermanita, la mosquita muerta! Ya se ha dicho siempre: no te fíes del agua mansa. Yo no me fío de ti, Mariana.


 


Elmira.- Pero, querida madre…


 


 


 


Pernel.- ¡No me llaméis madre, que solo soy vuestra suegra! Y aunque os moleste oírlo vuestra conducta es pésima. Gastáis demasiado dinero y vestís como una princesa. La mujer que solo desea gustar a su marido no necesita tantos perifollos.


 


Cleanto.- Pero, señora Pernel, después de todo…


 


 


Pernel.- En cuanto a vos, su querido hermanito, os aprecio mucho, os quiero, pero, en fin, si yo fuese esposa de mi hijo, os pediría encarecidamente que no entrarais en esta casa.


 


Cleanto.- ¿Soy acaso un mal ejemplo que no deben seguir las personas honestas?


 


Pernel.- Me habéis quitado las palabras de la boca. Os hablo con demasiada franqueza, pero no suelo morderme la lengua cuando se trata de decir la verdad de lo que pienso.


 


Damis.- Vuestro señor Tartufo debe ser muy feliz con vuestra amistad.


 


Pernel.- ¡Y yo con la suya! Es un hombre de bien, y todos deberíais oírle. ¡No soporto que un estúpido como tú se atreva a criticarle!


 


Damis.- ¡El es quien critica a todo el mundo! ¡Se ha colocado en nuestra casa y se ha convertido en un tirano!


 


Dorina.- ¡Si se le hiciera caso y nos tragáramos sus máximas, divertirse de la manera más simple sería cometer un crimen!


 


Damis.- No podemos movernos sin ser objeto de censura.


 


Pernel.- ¡Lo que censura está muy bien censurado! ¡Sin censura viviríamos como animales irracionales! El ha asumido la misión de salvar nuestras almas para enviarlas al Cielo.


 


Damis.- Pero antes de llegar tan lejos no estaría mal que les dejara darse una vuelta por aquí. El mundo también tiene sus encantos. Querida abuela, por favor, escuchadme…


 


Dorina.- ¡A quien se le diga que un mendigo maloliente que cuando llegó aquí no tenía donde caerse muerto, ahora nos da órdenes a todos!


 


Pernel.- ¡Y mejor os iría si obedecierais sus órdenes! ¡Ordenes piadosas!


 


Dorina.- Solo en vuestra imaginación es piadoso. En realidad no es más que un hipócrita.


 


Pernel.- ¡Dorina, tienes una lengua de víbora!


 


 


Dorina.- ¿Porqué no puede soportar que nadie visite esta casa? ¿Queréis que hable claramente? (Señala a Elmira.) Me huelo que está celoso de la señora.


 


Pernel.- ¡Ah! Conseguís que me escandalice. No sólo él censura estas visitas. Tantas carrozas que van y vienen. Tanta gente que entra y sale. Tantos lacayos armando alboroto… La vecindad se queja. Quiero creer que no pasa nada grave, pero se habla y eso no es bueno.


 


Cleanto.- ¿Entre el señor Tartufo y vos queréis impedirnos el contraste de pareceres?


 


Dorina.- Seguro que las que hablan son las damas que ya no están en edad de dar que hablar.


 


Pernel.- (A Elmira.) En vuestra casa siempre hay que estar callada, pues la señora Dorina es la que tiene siempre la palabra. Pero, la verdad es que lo más sensato que ha hecho en su vida mi hijo ha sido acoger bajo su techo a ese santo varón que el cielo le ha enviado como pastor de este descarriado rebaño. Tanto visiteo, tanto bailoteo, tanto parloteo, son artimañas del maligno. Aquí, en esta casa, hasta que llegó esta alma de Dios, nunca se escuchaban palabras piadosas sino canciones zafias, chismorreos y chistes procaces. (Señala a Cleanto, que sonríe.) ¡Ved cómo sonríe este caballero, porque se acuerda de alguno!  (A Elmira.) ¡Hasta más ver, nuera mía, que no será pronto! (Da una bofetada a Felipa.) ¡Despierta, papanatas, que nos vamos de aquí! ¡A ti también te voy a calentar las orejas! ¡Arrea sin mirar atrás, arrea! (Salen las dos.)


 


Cleanto.- ¡Qué encaprichada está con su Tartufo!


 


 


Dorina.- Pues lo de ella no es nada. Si vierais a su hijo, mi señor Orgón… Era un hombre amable y desde que le engatusó este santurrón de pega se ha vuelto medio lelo.


 


 


 


 




Cuadro segundo


 


(Los mismos menos Pernel y Felipa.))


 


Dorina.- En el fondo quiere a Tartufo más que a su madre, a sus hijos a la señora Elmira. Es el único confidente de sus secretos y el consejero de todo lo que hace; le sonríe, le mira con ojos de besugo y hasta la besa, que lo he visto yo, lo he visto.


 


Damis.- En la mesa tenemos que dejarle los mejores bocados.


 


Dorina.- A todos nos tiene prohibido eructar, que dicen que no es de buena educación, pero cuando eructa él, le dice con una sonrisa: “Que el señor os ayude”.


 


Mariana.- Dorina no exagera; los demás no pintamos nada en esta casa, nos tiene a todos en un puño.


 


Damis.- Y, como el muy ladino conoce bien a su víctima, se aprovecha para hacer creer de los demás lo que le place.


 


Mariana.- ¿No habéis visto los títeres, que los maneja un hombre desde arriba? Pues eso somos todos aquí.


 


Dorina.- Incluso se atreve a darnos lecciones. Y a sermonearnos.


 


Elmira.- Al entrar he visto a mi marido, pero como él no ha advertido mi presencia, voy a esperarle arriba. (Se marchan Elmira y Mariana.)


 


Cleanto.- Yo me quedo un instante aquí para no perder tiempo. Solo quiero daros los buenos días.


Damis.- (Apremiante, a Dorina.) Dorina, decidme lo que sepáis de la boda de mi hermana. Sospecho que Tartufo se opondrá a su celebración, y ya sabes el interés que en eso tengo. Si una misma pasión consume a mi hermana y a Valerio, no ignoráis que también yo amo a la hermana de Valerio. Si fuera preciso…


 


(Se marcha Damis. Al poco, entra Orgón.)


 


Orgón.- Buenos días, Cleanto, querido cuñado.


 


Cleanto.- Ya me marchaba, pero al saber que estabais de regreso aguardé para saludaros.


 


Orgón.- Os ruego que esperéis un momento. Voy a informarme de las novedades caseras. (A Dorina.) ¿Todo  ha marchado bien en estos dos días? ¿Cómo están todos?


 


Dorina.- La señora tuvo fiebre y un dolor de cabeza fortísimo.


 


Orgón.- ¿Y Tartufo?


 


 


Dorina.- ¿Tartufo? Está muy bien. Tan saludable como siempre. Con el cutis lozano y los labios sonrosados.


Orgón.- ¡Pobre hombre!


 


Dorina.- Anoche la señora tuvo náuseas y por el fuerte dolor de cabeza perdió el apetito. No probó bocado.


Orgón.- ¿Y Tartufo?


 


Dorina.- Cenó solo ante la señora. Bendijo la mesa y devoró dos perdices y la mitad de una pierna de carnero, pero muy devotamente.


 


Orgón.- Hambre atrasada, ¡pobre hombre!


 


 


Dorina.- La señora Elmira se pasó la noche sin poder pegar los ojos, le entraron unos sofocos que no le dejaban dormir, tuvimos que velarla hasta que amaneció.


 


Orgón.- ¿Y Tartufo?


 


Dorina.- Se levantó de la mesa un tanto amodorrado, se metió enseguida en la cama bien calentita y durmió sin sobresaltos hasta bien entrada la mañana.


 


Orgón.- ¡Pobre hombre!


 


 


Dorina.- Al final, la señora convencida por nuestras razones, consintió en que se le hiciera una sangría y sintió alivio muy pronto.


 


Orgón.- ¿Y Tartufo?


 


 


Dorina.- Con la cena y el sueño hasta media mañana se tranquilizó. Y para fortalecer su espíritu contra cualquier mal, desayunó de tenedor y se empujó cuatro vasos de borgoña de los grandes.


 


Dorina.- Vamos, que los dos están muy bien; voy a participarle a la señora del profundo interés que os habéis tomado por su convalecencia. (Sale.)


Orgón.- ¡Pobre hombre!


 


 


 


 


 




Cuadro tercero


 


(Orgón y Cleanto)


 


Cleanto.- Querido cuñado, Dorina se ha estado riendo de vos en vuestras propias narices, y sin el menor deseo de ofenderos, os diré francamente que lo hace con justicia. ¿Cuándo se ha oído contar un caso semejante? ¿Ese hombre es un brujo? ¿Cómo, si no, te ha hechizado de esa manera? ¿Es posible que, después de todo lo que habéis hecho por él, llegue a…


 


Orgón.- ¡Alto ahí, cuñado, ignoráis de quién estáis hablando!


 


 


Cleanto.- Por lo que he oído, creo que le conozco bien.


 


Orgón.- Cleanto, querido cuñado, os encantaría conocerle, y vuestra admiración por él no tendría límite.


 


Cleanto.- Permitidme que lo dude.


 


Orgón.- (Convencidísimo.) Creedme. Es un hombre que… en fin, un hombre, eso es. Desde que sigo sus lecciones tengo una profunda paz y veo el mundo como un estercolero. No siento afecto por nada terrenal, me ha apartado del sentimiento de la amistad. Ahora me tendría sin cuidado la muerte de mis hermanos, de mis hijos, de mi madre, de mi mujer…


 


Cleanto.- ¡Pues vaya unas lecciones más humanitarias!


 


 


Orgón.- (Sin escucharle.) Ah, si hubierais visto cómo le conocí, le apreciaríais tanto como yo. Iba a la iglesia a diario, y con ese aire suyo tan humilde, atraía las miradas de los demás fieles por el fervor con que rezaba, lanzando profundos y sonoros suspiros. Y, a cada momento, se humillaba para besar el suelo.


 


Cleanto.- ¿Y no os daba la risa?


 


 


Orgón.- ¿Risa? Respetad al ausente. Concluidos los oficios, corría para ofrecerme agua bendita en la puerta. Decidí ayudarle, ofrecerle techo y cama pasajeramente… Todavía recuerdo cuando llegó por primera vez a esta casa.


 


 


 


 


 


 


 


 


 


 


 




Cuadro cuarto


 


(Un cambio de luz nos indica que nos trasladamos al pasado en que ocurrieron los hechos. Llega Dorina y deja paso a Tartufo, que da unos pasos hacia el interior, temeroso, sin atreverse a alzar la mirada del suelo.)


 


Tartufo.- Dios bendiga esta casa.


 


Dorina.- Y a los que a ella llegan. ¡Señor, ya ha llegado ese señor!


 


(Se acerca Orgón. Abre los brazos para acoger a Tartufo.)


 


Orgón.- ¡Pasad, pasad, hermano Tartufo! Esta es vuestra casa.


 


Tartufo.- Temo que la carencia de pulcritud de mi calzado no está al nivel de esta vivienda, y si doy un paso más, para adentrarme en profundidad, puedo ensuciar este impecable suelo…


 


Orgón.- Dorina, di a la señora Elmira que ha llegado nuestro huésped.


 


(Dorina sale.)


 


Orgón.- (A Tartufo.) Avanzad sin reparo, que la suciedad provocada por la pobreza es limpieza para el alma.


 


Tartufo.- (Muy tímidamente, da unos pasos más.) Me dais el honroso título de huésped. Pero, ¿habéis meditado bien esta decisión? ¿No os arrepentiréis de acoger bajo vuestro techo a esta víctima de nuestra sociedad?


 


Orgón.- Si yo pertenezco a esa sociedad, alguna compensación os debo.


 


Tartufo.- Os honra esa tendencia a transformar la tierra en un lugar más igualitario. Hallaréis recompensa en el cielo.


 


(Llega Elmira.)


 


Elmira.- ¿Deseáis verme, Orgón?


 


 


Orgón.- Acercaos, esposa mía. Os presento a Tartufo, nuestro huésped por unos días.


 


Tartufo.- ¡Oh, válgame santa Coima de Padua! (Aparta la mirada de Elmira.)


 


Elmira.- Seáis bien venido a vuestra casa, señor Tartufo.


 


Tartufo.- (Se acerca un paso a ella, pero sin mirarla, con la cara vuelta hacia el otro lado.) Bien hallada, señora.


 


Elmira.- ¿Padecéis tortículis?


 


 


Tartufo.- No, señora Elmira, pero un animal humano como yo, que ha tenido el azar de contactar con vuestro marido, no merece el premio de contemplar vuestra belleza.


 


Elmira.- Entiendo lo que decís como una galantería, pero ¿cómo podréis ser nuestro huésped sin verme?


 


Orgón.- (Coge a Tartufo por los hombros y le gira, de manera que, sin volver la cabeza a su posición natural, quede frente a Elmira.) Mi señora esposa Elmira tiene razón. ¿Cómo vais a ser nuestro huésped…?


 


Tartufo.- Eventual, solo eventual.


 


Orgón.- Por muy eventual que seáis, yo, que soy su marido, su dueño y señor, os autorizo, os obligo a mirarla. Si no, ella lo tomaría a desdén.


 


Elmira.- Así es.


 


(Tartufo la mira mientras se da golpes de pecho.)


 


Elmira.- Voy a dar las órdenes necesarias para que dispongan vuestra cámara. (Sale.)


 


Tartufo.- (Aguarda a que Elmira haya salido y se acerca a Orgón. Le habla confidencialmente.) ¡Se ha incrementado la valoración humana que me merecéis, hermano Orgón!


 


Orgón.- ¿Porqué?


 


Tartufo.- Yo pensaba de manera equivocada que solo erais inteligente, piadoso, caritativo e igualitario, pero acabo de constatar que sois también un hombre valiente y audaz.


 


Orgón.- ¿Qué os hace pensar eso de mí? No fui soldado, ni joven pendenciero. En los negocios nunca hago operaciones arriesgadas.


 


Tartufo.- Habéis tenido el heroísmo de contraer matrimonio en segundas nupcias con una de las mujeres de belleza más impactante de esta ciudad. Para eso se precisa un enorme valor. Debéis de haber pasado estos años luchando contra los celos, las insidias, las alcahueterías, los seductores…


 


Orgón.- No, no… Creedme… Mi esposa nunca me ha dado motivo para…


 


Tartufo.- Contad conmigo, con mi ayuda, aunque precaria. Disponed de mí para lo que preciséis. Aunque no sea más que para la desprestigiada ocupación de vigilar.


 


Orgón.- ¿Vigilar, qué?


 


Tartufo.- En la iglesia, sin ella proponérselo, impedía a los varones la concentración en la misa. Los que estaban en la edad propensa a las tentaciones carnales, no apartaban de ella las miradas. Incluso hubo ancianos que al verla se quedaban tan suspensos que se pasaron la media hora sin toser ni una sola vez. A uno de los monaguillos, que ya va para los catorce años, el cura le tuvo que dar un capón para que cambiara el libro, porque no tenía ojos más que para mi señora doña Elmira.


 


 


 


 


 


 


 


 


 


 


 




Cuadro quinto


 


(Nuevo cambio de luz, que nos hace volver a la situación anterior. Siguen hablando Cleanto y Orgón.)


 


Cleanto.- ¿Y esa es la serenidad que os proporciona vuestro hombre? ¿Esa es la tranquilidad que ha traído a vuestra casa? Cuñado mío, debo deciros algo que quizás os duela: no percibís la diferencia entre la hipocresía y la devoción.


 


Orgón.- Os digo que se muestra más celoso que yo. No podríais creer hasta donde llega su celo. Se acusa de pecado  por cualquier nimiedad. El otro día corrió a confesarse porque, durante sus rezos, aplastó una pulga que le picaba.


 


Cleanto.- Pero, ¿habéis perdido el juicio, hermano? ¿Qué pretendéis? ¿Qué me trague todas estas necedades?


 


Orgón.- (Seco, severo.) Cleanto, eso que estás diciendo tiene todo el mal tufo del libertinaje.


 


Cleanto.- Así se expresan todos los que son como vos. Los que no pensamos igual, estamos ciegos. Si vemos la verdad, y con arreglo a ella nos comportamos, somos unos libertinos.


 


Orgón.- Veo que vos también os consideráis doctor en ciencias humanas. Creí que solo os ocupabais de administrar vuestra renta y de ir a cazar jabalíes y liebres con los amigos.


 


Cleanto.- Despreciáis cuanto ignoráis…


 


Orgón.- ¡Basta! No traspasemos la barrera de los buenos modos, aunque seamos de la familia.


 


Cleanto.- Tenéis razón. Hablemos de otra cosa. Creo que mi amigo Valerio cuenta con vuestra palabra de que será vuestro yerno.


 


Orgón.- Sí.


 


Cleanto.- ¿Está señalado ya el día del enlace?


 


Orgón.- Así es.


 


Cleanto.- ¿Porqué, entonces, retrasar la fiesta?


 


Orgón.- No lo sé.


 


Cleanto.- ¿Tal vez habéis pensado otra cosa?


 


Orgón.- Quizá.


 


Cleanto.- ¿Estáis pensando en faltar a vuestra palabra?


 


Orgón.- No he dicho eso.


 


Cleanto.- No hay nada que os impida cumplir vuestras promesas.


 


Orgón.- Según se mire, Cleanto.


 


Cleanto.- ¿Son necesarios tantos subterfugios para decir una palabra? He venido a veros por deseo de Valerio; quiere saber cuál es vuestra actitud.


 


Orgón.- ¡Bendito sea Dios!


 


Cleanto.- ¿Qué debo decirle?


 


Orgón.- Decidle lo que os parezca mejor, Cleanto.


 


Cleanto.- Pero, querido cuñado, preciso saber vuestros propósitos. ¿Cuáles son?


 


Orgón.- ¡Cúmplase la voluntad de Dios!


 


Cleanto.- Valerio tiene vuestra palabra. ¿La cumpliréis o no?


 


Orgón.- Ahí está Mariana. Voy a hablar ahora mismo con ella. Adiós, Cleanto. (Sale.)


 


Cleanto.- ¡Pobre Valerio, temo una desgracia para su amor! Debo contarle lo que está pasando. (Sale.)


 


 


 


 


 


 


 


 


 


 


 


 




Cuadro sexto


 


(Orgón y un poco más tarde Mariana.)


 


 


Orgón.- ¡Mariana! Mariana, hija mía.


 


Mariana.- ¡Padre!


 


Orgón.- Tengo que hablar contigo en secreto. (Se desplaza y mira precavidamente a un lado y a otro.) Siéntate aquí, hija.


 


Mariana.- ¿Qué buscáis?


 


Orgón.- Compruebo que no hay nadie que pueda escucharnos. Mariana, siempre he sentido un gran cariño por ti, por todas tus virtudes, y en especial por la docilidad de tu carácter.


 


Mariana.- Y yo creo haber agradecido siempre tu amor paternal.


 


Orgón.- También yo lo creo, y para hacer más patente este agradecimiento, tu único afán debe ser complacerme.


 


Mariana.- Esa es siempre mi mejor dicha.


 


Orgón.- Lo sabía. ¿Qué te parece Tartufo, nuestro huésped?


 


Mariana.- ¿A quién? ¿A mí?


 


Orgón.- A ti. Piensa bien tu respuesta.


 


Mariana.- Pues… me parece lo que vos, padre mío, queráis que me parezca.


 


(Entra Dorina y se queda escuchando, medio oculta, sin ser vista por Orgón.)


 


Orgón.- Eso es hablar con sensatez. Ahora dime, hija mía, que en toda su persona adviertes el brillo de grandes méritos, que sus palabras te llegan al corazón, y que te sentirías feliz si yo le eligiera para esposo tuyo.


 


Mariana.- (Retrocede sorprendida.) ¡¿Qué?!


 


Orgón.- ¿Qué?


 


Mariana.- ¿Habéis dicho?


 


Orgón.- Sí.


 


Mariana.- ¿Os he entendido mal?


 


Orgón.- ¿Porqué?


 


Mariana.- ¿Quién queréis, padre mío, que diga que me llega al corazón y que me haría feliz de ser su esposa?


 


Orgón.- Tartufo.


 


Mariana.- ¿Y porqué queréis que diga una mentira tan grande?


 


Orgón.- Yo no quiero que mientas, hija mía. Quiero que sea verdad que ese proyecto te hace feliz, porque tu padre lo ha decidido.


 


Mariana.- ¿Así? ¿Tan fácil?


 


Orgón.- Con vuestro enlace pretendo traer a Tartufo a nuestra familia. Será tu esposo, lo he decidido. Esta casa necesita un hombre como él, y ya que tu hermano… (Descubre a Dorina.) ¿Qué haces tú aquí? ¡Cotillear! ¡A los curiosos Satanás los agarra por los pelos y se los lleva al infierno!


 


Dorina.- La verdad es que he perdido el tiempo alargando la oreja. Sólo he oído lo de ese matrimonio que habéis decidido, señor, y no tengo palabras para calificarlo.


 


Orgón.- ¿Tan increíble te parece?


 


Dorina.- ¡Peor que increíble! ¡Porque digo que lo increíble no puede suceder, y lo malo es que esto sí que puede! Y perdóneme el señor que le suelte cuatro frescas…


 


Orgón.- No será la primera vez.


 


Dorina.- Señor, tenéis bastantes años para saber que se pone en peligro la honra de una doncella cuando se la casa contra su gusto. Y luego viene todo aquello de los cuernos y que si te mato y si me mato, y demás estupideces. Pero, ¿es que no tiene el señor ojos para ver a su hija que tiene una carita que parece una medalla de la vírgen, y no tiene ojos para ver al señor Tartufo, que, con todos mis respetos, parece un gusano disfrazado de carnaval? Quiere usted meter a un gusano en la familia. ¿Para qué? ¿Para tener unos hijos gusanos, unos nietos gusanitos? ¿Para crear una nueva estirpe gusanácea?


 


Orgón.- ¡Ya está bien de las frescas! Los criados no sabéis discernir! ¡El hambre que pasasteis en la infancia os ha atrofiado la razón!


 


Dorina.- Yo entiendo que tenéis una hija que merece casarse con un príncipe y queréis casarla con un mendigo.


 


Orgón.- Un mendigo cuya pobreza es su mejor entorchado. Reverenciad su miseria que es, sin duda, una miseria honrada.


 


Dorina.- ¿Honrada? El señor Tartufo es tan orgulloso que presume hasta de su pobreza.


 


Orgón.- ¡Bueno, ya está bien! Hija mía, no nos entretengamos escuchando los chismorreos del servicio. Sé lo que te conviene porque soy tu padre. Había dado mi palabra, por ti, a Valerio, un joven un tanto descreído y librepensador, según me han contado. Además no se sabe de él que frecuente las iglesias.


 


Dorina.- Sé de muchos que las frecuentan sólo para que los vean.


 


Orgón.- ¿A quién te refieres?


 


Dorina.- A quien yo sé.


 


Orgón.- Por mucho que sea el cariño que te tenemos, no eres más que una persona del servicio, y yo tu señor. Te he preguntado, ¿a quién te refieres?


 


Dorina.- A Tartufo, a Tartufo y a Tartufo.


 


Orgón.- No me interesa tu opinión en este asunto. (A Mariana.) Tartufo tiene muy buenas relaciones en el Cielo y esa es una riqueza sin igual. Viviréis siempre juntos, os amaréis como dos tórtolos y vos, hija, haréis de él lo que queráis.


 


Dorina.- A poco que se esfuerce, hará de él un perfecto imbécil.


 


Orgón.- ¿Qué impertinencia es esa, Dorina?


 


Dorina.- Digo que tiene pinta de simple, y que a poco que vuestra hija ayude…


 


Orgón.- ¿No te callarás?


 


Dorina.- No, mientras se trate de defender vuestro honor, al que todos los de esta casa nos sentimos ligados. Y vos, señor, os obstináis en poner en peligro. Es un cargo de conciencia no oponerse a semejante boda.


 


Orgón.- ¿Te callarás de una vez, víbora? Lo he meditado todo cuidadosamente.


 


Dorina.- (Aparte.) Yo, callada, es como si estuviera muerta.


 


Orgón.- No es que Tartufo sea un galán de teatro, pero tiene un porte…


 


Dorina.- (Aparte.) Sí, no es un enano.


 


Orgón.- … aceptable en cualquier salón.


 


Dorina.- Para correr las cortinas y encender las luces.


 


Orgón.- ¿Piensas en voz alta, Dorina?


 


Dorina.- Sí señor, para desahogarme.


 


(Orgón se cruza de brazos y la mira, dispuesto a escucharla.)


 


Dorina.- Si estuviera yo en el lugar de mi señorita Mariana, aceptaría lo que propone mi señor Orgón, me casaría con el adefesio de Tartufo y a las primeras de cambio le pondría unos cuernos del tamaño de una catedral.


 


Orgón.- Veo que en mi propia casa no se me obedece.


 


Dorina.- ¿Porqué?


 


Orgón.- Te dije que no hablaras.


 


Dorina.- Y no hablo.


 


Orgón.- Pues eso que haces, ¿qué es?


 


Dorina.- Sigo pensando en voz alta. Hablo, pero conmigo misma.


 


Orgón.- (Aparte.) Como no le dé una bofetada no se callará. (A Mariana.) Hija mía, es el momento de obedecer y de asentir a mi acertada elección. ¡Dorina!, ¿no dices nada?


 


Dorina.- No tengo nada que decirme.


 


Orgón.- ¿Has comprendido que si hablas te doy una bofetada?


 


Dorina.- Si, señor. No hay que ser adivina para conocer sus malos modos.


 


(Orgón lanza una bofetada a Dorina, que le esquiva. Del impulso, Orgón casi se cae.)


 


Orgón.- ¡Esta mujer me saca de mis casillas! ¡Si no fuera por lo bien que atendiste a mi madre cuando las fiebres, ya no estarías en esta casa! Voy a calmarme con un vaso de vino, o mejor con dos. ¡Esto hay que celebrarlo, hija mía! (Sale.)


 


 


 


 


 


 


 


 




Cuadro séptimo


 


(Dorina, Mariana, y, más tarde, Valerio.)


 


 


Dorina.- ¿Habéis perdido el habla? Ante ese proyecto insensato, ¿calláis sin rechazarlo?


 


Mariana.- ¿Qué puedo hacer con un padre tirano?


 


Dorina.- Decirle que un corazón no ama por intermediarios. Que sois vos quien os casáis y no él. Vos quien habéis de recibir en la cama al gusano y no él. ¿Y estáis segura de poder conversar con el señor Tartufo, con ese modo de hablar que tiene?


 


Mariana.- No sé, no sé…


 


Dorina.- Respondedme a esta pregunta: ¿amáis a Valerio o no?


 


Mariana.- ¿Necesitáis preguntármelo, Dorina? Sabes que es más que amor, es pasión lo que siento por él.


 


Dorina.- Y él, por las apariencias, os corresponde.


 


Mariana.- Así lo creo.


 


Dorina.- ¿Y eso no os da fuerzas para luchar contra Tartufo, contra vuestro padre, contra quien se ponga por delante?


 


Mariana.- Ay, Dorina, si yo tuviera tu espíritu…


 


Dorina.- Aquí llega vuestro amado. ¡Qué guapo es! ¡Y pensar que os vais a tartufar!


 


(Llega Valerio. Mariana corre hacia él y cae en sus brazos.)


 


Valerio.- (Aparta sin violencia a Mariana.) Mariana, acaba de llegar a mis oídos una noticia que es, cuando menos, curiosa; que os casáis con Tartufo.


 


Mariana.- No puedo ocultaros que a mi padre se le ha metido en la cabeza ese proyecto.


 


Valeria.- ¿Y vos, Mariana…?


 


Dorina.- Mi señorita Mariana, desde que lo oyó, está medio muda de espanto. Por eso hablo por ella, no tiene otro propósito que ser vuestra, doy fe. (A Mariana.) El no quiere, por su parte, más que ser vuestro esposo, respondo por ello. (Coge las manos de los dos para unirlas, pero Valerio retira la suya.)


 


Mariana.- ¿Me rechazáis, Valerio?


 


Valerio.- Lo que Dorina ha dicho, prefiero oírlo de vuestra boca.


 


Mariana.- ¿Y he de contrariar la voluntad de mi padre?


 


Valerio.- ¿Oís, Dorina? ¡Ese es el amor que me tiene! (A Mariana.) Os doy un consejo, Mariana: casaos con Tartufo. Así seréis una buena hija y después una señora muy respetada en sociedad.


 


Mariana.- ¿Has oído, Dorina? ¡Ese es su modo de amar!


 


Dorina.- (Aparte.) Ha estallado una guerra entre imbéciles. (A Mariana y a Valerio.) Acabo de decirme a mí misma que érais un par de imbéciles, pero ahora os lo digo a vosotros.


 


Mariana.- ¡Dorina, Dorina…! ¿Qué podemos hacer para impedir mi boda con Tartufo? ¡Yo que soy de Valerio!


 


Dorina.- Creo que ante la absurda idea de vuestro padre debéis aparentar un dócil consentimiento, para que os sea más fácil dar largas a la ceremonia. Que si un malestar, que si el vestido, que si malos presagios… Entre tanto, todos, mi señora Elmira, vuestro hermano Cleanto, los criados, de esos me encargo yo, haremos porque poco a poco vuestro padre, Orgón, recobre el juicio, ¡porque vaya casa de locos es ésta! Más, para que vuestro padre no desconfíe, es importante que no os vean hablando juntos. (A Valerio.) Marchaos, Valerio.


 


Valerio.- (A Mariana.) Por mucho que hagamos entre todos, mi mayor esperanza está en vos, Mariana.


 


Mariana.- Yo no seré sino vuestra, Valerio.


 


(Van a unirse Valerio y Mariana, pero Dorina los separa.)


 


Dorina.- ¡Que no estéis juntos, digo! Hala, separaos de una vez. (Consigue separarlos. A Valerio.) Tirad por ese lado. (A Mariana.) Y vos, señorita Mariana, por este otro. (Los empuja a cada uno hacia un lateral.)


 


(Mariana y Valerio salen al fin, pero sin dejar de mirarse. Llega Damis muy acalorado.)


 


 


 


 


 


 


 




Cuadro octavo


 


(Damis, Dorina y, más tarde, Tartufo.)


 


 


Damis.- ¡Si no hago nada para impedir ese desafuero, que me parta un rayo aquí mismo!


 


Dorina.- Dominaos, por favor. Hasta ahora vuestro padre no ha hecho más que hablar. Y ya se sabe que del dicho al hecho…


 


Damis.- ¡Yo acabaré con los manejos de ese farsante engreído!


 


Dorina.- No os interpongáis entre el señor Tartufo y vuestro padre. Eso dejadlo en manos de vuestra madrastra. Tiene tanta influencia sobre Tartufo que él acepta todo lo que ella dice. La señora Elmira me ha dicho que va a intentar sonsacarle sobre sus intenciones, y hacerle ver los trastornos que puede causar si no cede en su propósito.


 


Damis.- ¿Cuándo le hablará?


 


Dorina.- Ahora mismo.


 


Damis.- Debo estar presente en esa conversación.


 


Dorina.- ¡Que imprudencia! ¿No comprendéis que deben estar solos?


 


Damis.- No abriré la boca. No diré una palabra.


 


Dorina.- (Aparte.) ¡Oh, los hombres! ¡Qué torpes son! (A Damis.) Todo el poder de la señora Elmira sobre Tartufo se desvanecería con vuestra presencia. Además, con estos prontos que os dan lo echaríais todo a rodar.


 


Damis.- Prometo autocontrolarme.


 


Dorina.- ¡Marchaos, que por ahí viene!


 


(Damis corre a ocultarse. Llega Tartufo.)


 


Tartufo.- (Hablando como para sí.) Acabo de guardar mi cilicio con las disciplinas, y ruego a los poderes celestiales que siempre me iluminen.


 


Dorina.- (También aparte.) Quien te entienda, que te compre.


 


Tartufo.- ¿Es cierto que me buscáis, servicial Dorina? ¿Qué deseáis de mí?


 


Dorina.- Deciros…


 


Tartufo.- (Saca precipitadamente un pañuelo de su bolsillo.) ¡Ah, Dios mío! Antes de decir nada, dejadme que os ponga este pañuelo, ¡os lo suplico!


 


Dorina.- ¿En dónde?


 


Tartufo.- (Une la acción a la palabra en el escote de Dorina.) Aquí, sobre vuestros pechos que no quiero mirar. (Aparta la mirada y cubre lo que ve del pecho de Dorina con el pañuelo.) Esta carne… estas redondeces… desnudas… suscitan malos pensamientos.


 


Dorina.- (Se aparta un poco.) ¡Pero no palpéis!


 


Tartufo.- Es que… como no miro… si no palpo…


 


Dorina.- ¡Bueno está! ¡Tomad vuestro pañuelo! Sois muy débil a la tentación. Yo os aseguro que aunque os viera desnudo de medio cuerpo para arriba, incluso para abajo, no me pondría calentona.


 


Tartufo.- ¡Por santa María Magdalena, más elegancia con las palabras o me ausento de inmediato!


 


Dorina.- La que se marcha soy yo. Solo quería deciros que la señora vendrá pronto a pediros la merced de que converséis con ella.


 


Tartufo.- (El rostro se le ilumina.) ¡Oh! Para mí será un placer inmenso.


 


Dorina.- (Aparte.) ¡Ay, que se me disuelve! Me afirmo en lo que antes dije.


 


Tartufo.- ¿Y vendrá pronto?


 


Dorina.- Ya está aquí.


 


(Llega Elmira y sale Dorina.)


 


 


 


 


 


 


 


 


 


 




Cuadro noveno


 


(Tartufo, Elmira y, más tarde, Damis.)


 


 


Tartufo.- Que el Cielo, con su infinita bondad, os conceda la salud del alma y del cuerpo y bendiga vuestros días tanto como lo desea el más humilde de los seres inspirados por el amor divino.


 


Elmira.- Bueno, muchas gracias, pero si os parece, nos sentamos; para conversar es más cómodo. (Se sienta.)


 


Tartufo.- ¿Os sentís mejor de vuestra dolencia? (Acerca una silla a la de Elmira y se sienta.)


 


Elmira.- Mucho mejor; ya no tengo fiebre.


 


Tartufo.- Mis oraciones no tienen tanto mérito como para haber atraído sobre vos esta gracia del Cielo, pero todas mis piadosas rogatorias han tenido por objeto la recuperación de vuestra salud.


 


Elmira.- Os habéis inquietado excesivamente por mi causa.


 


Tartufo.- No hay exceso si está en juego vuestra preciosa salud, vuestra amada salud. Por restablecerla habría dado la mía.


 


Elmira.- ¿No lleváis demasiado lejos la caridad cristiana?


 


Tartufo.- No es solo caridad.


 


Elmira.- No acierto a comprenderos del todo, pero os estoy muy agradecida.


 


Tartufo.- Sois acreedora a mucho más de lo que yo hago. Mi abanico de posibilidades está muy por debajo de lo que os merecéis.


 


Elmira.- Deseo hablaros en secreto de un asunto y voy a hacerlo ahora que nadie nos escucha.


 


Tartufo.- ¡Coinciden nuestros deseos, oh, Elmira! ¡Cuánto he deseado verme a solas con vos, y, sin que nadie nos escuche! ¡Nuestros deseos, en este momento inolvidable, se unen! ¡Mucho tiempo ha tardado el Cielo en concederme esta dicha que tanto la he pedido, temeroso, quizás de que tanta plenitud no fuera soportable por mi corazón!


 


Elmira.- Precisamente de vuestro corazón quería hablaros. Abridlo, sin ocultarme nada.


 


(Damis se acerca sigilosamente y comienza a escuchar.)


 


Tartufo.- Y yo deseo también, mostrar a vuestros ojos mi alma desnuda, y los encendidos arrebatos que me arrastran por un inmaculado impulso…


 


Elmira.- Así lo creo, y que no solo la salud de mi cuerpo sino la de mi alma es vuestro deseo…


 


Tartufo.- Así es. (Coge una mano de Elmira y le oprime los dedos.) ¡Sí, señora, mi impulso hacia vos es incontenible…!


 


Elmira.- Soltad, soltad…


 


Tartufo.- (Sin soltar.) ¡Oh, Elmira!


 


Elmira.- ¡Soltad que me oprimís los dedos!


 


Tartufo.- Disculpad mi torpeza: atribuidla a exceso de entusiasmo por teneros cerca. No ha sido mi intención causaros el más leve daño. Antes preferiría causaros… (Le pone la mano sobre la rodilla…)


 


Elmira.- ¿Me permitís una pregunta?


 


Tartufo.- Las que deseéis, Elmira.


 


Elmira.- ¿Qué hace ahí vuestra mano?


 


Tartufo.- ¿Qué mano?


 


Elmira.- La que tenéis sobre la rodilla.


 


Tartufo.- Nada, no hace nada. Es una postura natural, señora.


(Efectivamente, la mano de Tartufo reposa sobre su rodilla.)


 


Elmira.- Digo la otra. Tenéis dos.


 


Tartufo.- Oh, sí, esta otra. (La mira pero no la quita.)


 


Elmira.- Y con esto no quiero decir que seáis un hombre vulgar.


 


Tartufo.- Palpo la tela de vuestro vestido. Tan suave, tan mórbida…


 


Elmira.- ¡Por favor, dejadme! Tengo muchas cosquillas. (Sin levantarse, retira su silla.)


 


(Pero Tartufo acerca la suya.)


 


Tartufo.- ¡Oh, qué prodigiosa labor de encaje! Brujas o Gante, seguro.


 


Elmira.- Conteneos, Tartufo, y hablemos de nuestro asunto. Dicen que mi marido piensa faltar a la palabra dada a Valerio y entregaros a vos la mano de su hija. ¿Ese rumor es cierto?


 


Tartufo.- Algo me ha dicho al respecto vuestro marido. Pero, señora, con la mano en el corazón… No es la clase de felicidad que puede calmar mis anhelos. Vislumbro en otra parte los maravillosos goces a que aspiro, los veo en un lugar hermoso que está muy sobre mí y al que no sé si podré llegar.


 


Elmira.- ¿Os referís al Cielo? ¡Ay, señor Tartufo, siempre tan religioso! Despreciáis demasiado las cosas de esta tierra.


 


Tartufo.- No estéis segura, Elmira. No soy de piedra.


 


Elmira.- Pero me parece que todos vuestros suspiros se dirigen al Cielo, y nada de aquí abajo despierta vuestros deseos.


 


Tartufo.- A largo plazo mi amor me funde con las bellezas eternas, pero puede fundirme con las terrenales a medio plazo. Nuestros sentidos pueden ser fácilmente hechizados por las obras perfectas que ha creado el Cielo. Como vos, en quien Dios ha derramado, pródigo, sus más caras maravillas. Vos sois, Elmira, espejo del Cielo. Temí al principio que este fuego que he mantenido secreto se debiera a una argucia del maligno, incluso mi corazón me incitó a huir de vuestros ojos, al creeros obstáculo para mi salvación. Más he recibido una iluminación y he comprendido al fin que el pudor puede compaginarse con mi pasión desenfrenada. Es una osadía por mi parte atreverme a ofreceros mi corazón; mis anhelos lo esperan todo de vuestra bondadosa comprensión, de vuestra generosidad, y nada esperan de mis escasos merecimientos, de mi insignificancia como poblador de este planeta vagabundo. Vos sois mi esperanza, mi bien, mi serenidad. De vos dependen mi sufrimiento y mi placer. Si lo deseáis, seré feliz; si preferís que sea desgraciado, lo seré.


 


Elmira.- Es una declaración en toda regla. A cualquier mujer le halagaría.


 


Tartufo.- ¿Y a vos?


 


Elmira.- A mi me sorprende, por venir de quien viene. ¿No deberíais fortalecer vuestro pecho, refugio de vuestro corazón, para librar a éste de malos deseos?


 


Tartufo.- ¿Porqué malos?


 


Elmira.- Malos en vos, un hombre al que todos consideramos tan virtuoso, tan devoto, tan fiel a su religión…


 


Tartufo.- Soy un hombre al fin. Y así soy porque así Dios me hizo. Y El me dio esta capacidad de admiraros como su mejor obra. Y admirándoos, le admiro. Sé que estas palabras parecen extrañas en mis labios, pero, señora, después de todo, ni vos ni yo somos ángeles.  Entre otras razones porque dicen algunos doctores que los ángeles no tienen sexo y me parece que vos y yo lo tenemos… A mí, por lo menos, se me está despertando hace rato…


 


Elmira.- Tartufo, ese lenguaje…


 


Tartufo.- No es el mío, bien lo advertís… es el de… El de mi sexo recién despertado… (Toma a Elmira por los hombros.)


 


Elmira.- Soltad, vais a hacerme daño.


 


Tartufo.- No temáis. Nunca os haré daño. Tengo experiencia. He vivido lo mío, no vayáis a creer.


 


Elmira.- De todas formas, soltadme. Me dais calor.


 


Tartufo.- Yo estoy ardiendo. (La suelta.) Si censuráis la confesión que os estoy haciendo, culpad a vuestros irresistibles encantos; la inefable dulzura de vuestra hechicera mirada venció la resistencia tras la que se protegía mi sensible corazón, indefenso ante vuestra belleza. (Tartufo se muestra a cada momento más dulce, más insinuante.) Todo lo venció, todo cayó en una gran derrota, ayunos, oraciones, flagelaciones, y ya no tuve oídos sino para vuestra voz, olfato para vuestro aroma, ni ojos más que para los encantos de vuestro cuerpo y vuestro rostro. Por todo esto querría saber si…


 


Elmira.- No sé si debo entender lo que me estáis diciendo, o si, aun entendiéndolo, debo simular que no lo entiendo. Aunque me parece que vuestros ojos y vuestros suspiros ya me lo han dicho otras veces.


 


Tartufo.- Así es, y así he querido yo que fuera. Y para mostrarme con más claridad, ahora empleo mis palabras y mi voz.


 


Elmira.- Bueno, bueno…


 


Tartufo.- ¡Cázame, cazadora! Tendré para vos, digo, más devoción aún que la que profeso a las once mil vírgenes!


 


Elmira.- Pero, bueno, a ver si os entiendo bien, ¿estáis proponiéndome que nos acostemos?


 


Tartufo.- (En la cima del éxtasis.) ¡Oh, a dulcísima música oriental suenan esas palabras en vuestra boca, a coro de ángeles, a coro de pájaros del paraíso que saludasen la llegada del sedante amanecer, tras una agitada noche de amor.


 


Elmira.- Sí, sí, todo eso está muy bien. Pero insisto: ¿estáis proponiéndome que nos acostemos?


 


Tartufo.- Todos esos galanes cuyas enamoradas no son sino pobres dementes, se regodean divulgando sin cesar los favores alcanzados, y mancillan a las mujeres que les hicieron objeto de su generosidad. (Apasionado.) Pero los hombres como yo, ardemos, sí, pero con un fuego sosegado, sin humo delator. El cuidado que ponemos en nuestro propio renombre responde de todo ante la persona amada.


 


(Asoma Damis, cada vez más enfadado.)


 


Tartufo.- (En la misma tensión.) En nosotros puede hallarse, si se acepta con prudencia pero no con falta de deseo, compartir nuestros goces, sin escándalo y sin temores.


 


Elmira.- Os oigo, disfruto con vuestra retórica y me viene otra pregunta a los labios: ¿no teméis que me asalte el capricho de trasladar a mi marido vuestras encendidas palabras, y que ello pueda alterar la amistad que os tiene?


 


Tartufo.- Cuento con vuestra benevolencia y con que entre vos y yo existe una simpatía natural, y sé que como mujer sabréis perdonar de buen agrado mi osadía; los dos estamos hechos de carne pecadora.


 


(Al oír esto, Damis se escandaliza.)


 


Elmira.- (Continua lo anterior.) Mas, a cambio, deseo algo de vos: que contribuyáis a apresurar francamente y sin ningún enredo la boda de Valerio con Mariana.


 


(Damis viene hasta donde están.)


 


Damis.- (Enérgico, decidido.) ¡No, señora, no! ¡Esta felonía debe divulgarse!


 


Elmira.- ¡Oh! ¿De dónde salís?


 


Damis.- He podido escucharlo todo. Y la bondad del Cielo me ha ayudado a descubrir la insolencia de este traidor y a desengañar a mi padre, mostrándole a la luz del día el alma sucia de un canalla.


 


Elmira.- No, Damis. Es suficiente con que él se enmiende y haga por merecer el perdón que me ha prometido.  No va conmigo provocar escándalos. Una esposa no debe perturbar con necedades los oídos de su marido.


 


Damis.- Perdonarle es una burla. El insolente orgullo de este santurrón ha causado demasiados trastornos en esta casa. Se ha interpuesto entre Valerio y Mariana. Maneja a mi padre a su antojo. Es preciso que se desengañe de él. Ahora tengo en mi mano el medio para lograrlo. Si no lo hago, mereceré perder la mano.


 


Elmira.- ¡Damis!


 


Damis.- ¡He aquí a mi padre! ¡Este es el momento de poner las cosas en claro!


 


(Llega Orgón.)


 


 


 


 


 


 




Cuadro décimo


 


(Damis, Elmira, Tartufo y Orgón.)


 


 


Orgón.- ¿Qué ocurre?


 


Damis.- Vamos a festejar, padre mío, vuestra llegada con algo que os sorprenderá. Tartufo acaba de compensaros con todas vuestras atenciones. Le he sorprendido haciendo a vuestra esposa la confesión de pasión culpable.


 


Orgón.- ¿Cómo?


 


Damis.- Sabéis que ella tiene un temperamento muy tierno y un corazón demasiado discreto, y, por no causaros dolor, pensaba ocultároslo. Pero yo creo que callar sería ofenderos.


 


Elmira.- (Razonadora y suplicante.) Querido Damis, no habéis visto nada deshonroso.


 


Orgón.- Pero, ¿es cierto lo que ha dicho Damis?


 


Elmira.- Sólo habéis escuchado palabras, palabras que no son suficientes para turbar la tranquilidad de un buen marido.


 


Orgón.- Entonces, ¿debo creerle?


 


Tartufo.- Sí, hermano Orgón, soy culpable, soy un malvado. Mi religión, en la cual creo y la cuál practico, me obliga a reconocer que soy un desdichado pecador, capaz de cualquier iniquidad. El mayor desalmado que jamás ha existido. ¡No quiero serlo, pero lo soy! ¡Lucho contra mí mismo, pero el mal me vence! En mi vida no hay un solo instante de verdadera limpieza. Si son limpias mis obras, son sucios mis pensamientos.  Mi vida no es más que un montón de crímenes e inmundicias… Y ahora veo que el Cielo, para mi castigo, en esta coyuntura quiere mortificarme. No pienso defenderme de ningún delito del que se me acuse, por grande que sea y por injusto que parezca. Me tragaré mi orgullo… Creed lo que os estoy diciendo… No os esforcéis en calmar vuestro enojo… Y como a lo que soy, como a un criminal, echadme de vuestra casa, como ya me han echado de otras. Por mucha ignominia y oprobio que caigan sobre mí, será menos de los que merezco.


 


Orgón.- (A Damis.) ¡Ah, miserable, más que miserable! ¿Cómo te has atrevido con tu falsa denuncia a difamar la limpia virtud de este hombre?


 


Damis.- ¿Falsa denuncia?


 


Orgón.- ¿Pues no has oído a tu madre que sólo fueron palabras, y nada más que palabras?


 


Damis.- ¡Cómo!


 


Tartufo.- ¡No puedo consentir que por mi culpa se enfrenten un padre y un hijo!


 


Damis.- ¿Este hipócrita con su falsa dulzura, se atreverá a negar…?


 


Orgón.- ¡Calla, maldito!


 


Tartufo.- No, dejadle… Dejadle que hable… Le maldecís injustamente. Obraríais con más justicia si escucharais su relato. ¿Porqué, hermano Orgón, os mostráis tan favorable a mí en esta circunstancia? ¿Sabéis acaso de lo que soy capaz? ¿Os fiáis, hermano, de mi apariencia? Y, simplemente por lo que está a la vista, me consideráis lo contrario de lo que soy?


 


Orgón.- Hermano mío, os atormentáis en exceso.


 


Tartufo.- No, no me atormento sino que me juzgo. (Llora. Dirigiéndose a Damis.) ¡Sí, querido hijo, hablad! ¡No os reprimáis! Llamadme pérfido, infame, desvergonzado, ladrón, homicida, aplastadme bajo un montón de los epítetos más descarnados que encontréis en vuestro vocabulario de palabra inculta y malas costumbres. ¡Eso más merezco! (Cae de rodillas.) De rodillas quiero sufrir la ignominia que es el precio de todos mis crímenes. ¡Limpiad el estiércol de la cuadra de mi alma con vuestro desdén! ¡Purificadme con los más soeces insultos!


 


Orgón.- (A Damis.) ¿No te conmueve su dolor? ¿Tanto te ha encanallado la vida nocturna, los bailes, las músicas, el café y el chocolate?


 


Damis.- ¡Pero… padre mío… ¿sus ridículos discursos os seducen hasta el punto…!?


 


Orgón.- ¡Calla, golfo insensible! (A Tartufo.) Hermano, alzaos, os lo ruego. (Le ayuda a levantarse.) (A Damis.) ¡Canalla!


 


Damis.- ¿No comprendéis, padre…?


 


Orgón.- ¡Cierra la boca! ¿Si dices una palabra más, te la rompo de un puñetazo!


 


Tartufo.- ¿Hermano, en el nombre de Dios, dominad la cólera! ¡No haya, por mi culpa, recurso a la violencia entre seres humanos de la misma familia!


 


Orgón.- (A su hijo.) ¡Ingrato!


 


Tartufo.- No le reprendáis. Si es preciso que me arrodille ante vos para pediros su perdón… (Se arrodilla.)


 


Orgón.- ¿Os burláis de mi? (Se arrodilla también y abraza a Tartufo. A Damis.) ¡Canalla, golfo, ingrato, arrodíllate ante este ejemplo de bondad!


 


Damis.- Pero, padre mío…


 


Orgón.- ¡Que te arrodilles, digo!


 


Damis.- (Se arrodilla de muy mala gana.) ¿Y así, de rodillas, puedo…?


 


Orgón.- ¡No puedes! ¡Calla de una vez! Sé muy bien porqué le atacas, porqué le odiáis todos. Mi mujer, mis hijos, mis criados estáis contra él. Pero cuantos más esfuerzos hacéis para que me vuelva en contra suya y le eche a la calle, más me inclino a retenerlo a mi lado, para que me sirva de ejemplo. Y le entregaré cuanto antes a mi hija.


 


Damis.- ¿Porqué?


 


Orgón.- (Muy firme.) Para humillar el orgullo pecador de mi familia.


 


Damis.- ¿Le obligaréis a aceptar su mano?


 


Orgón.- ¡Sí, hoy mismo! ¡Para que vea lo más pronto posible quién manda aquí! ¿Orgón no tiene voluntad? ¿Orgón no tiene carácter? Pues dentro de poco veréis quien ostenta en esta casa la suprema responsabilidad del poder!


 


Damis.- Oíd, padre mío.


 


Orgón.- Padre mío, padre mío… ¡Estoy harto de tanto padre mío, miserable difamador! Y al momento, échate a sus pies y pídele perdón!


 


Damis.- (Se levanta.) ¿Yo? ¿Qué yo pida perdón a este delincuente, que con sus imposturas…?


 


Orgón.- ¡No le injuries! ¡No alces la voz en mi presencia! ¡Échate al suelo nuevamente!


 


Damis.- Me niego, padre mío.


 


Orgón.- ¡Vete, entonces! ¡Sal ahora mismo de mi casa! ¡Y no se te ocurra volver! ¡Y te desheredo!


 


(Se marcha Damis.)


 


Elmira.- ¡Damis! (Sale tras él.)




Cuadro decimoprimero.


 


(Tartufo y Orgón.)


 


 


Tartufo.- ¡Oh, Cielo, perdónale el dolor que me causa! (A Orgón.) No os podéis imaginar lo que sufro cuando intentan denigrarme en vuestra presencia, hermano Orgón. (Se ha alzado dificultosamente.) Mi alma padece ante la ingratitud ajena… Tengo oprimido el corazón al pensar que alguien pueda por mi culpa condenarse a las brasas del infierno cuando sólo yo merezco la condena y eso me impide hablar y quizás me acerca a la muerte.


 


Orgón.- (Corre, deshecho en lágrimas, hacia el lugar por el que ha salido Damis.) ¡Bellaco! ¡Me arrepiento de no haberte apaleado aquí mismo!


 


Tartufo.- Cesen, cesen de una vez estos penosos disturbios familiares. Grandes trastornos he traído a esta casa y es preciso, hermano Orgón, que salga de ella.


 


Orgón.- ¿Qué decís? No hablaréis en serio, hermano Tartufo.


 


Tartufo.- Más en serio que nunca. Aquí, aparte de vos, todos me odian, y todos intentan que sospechéis de mi buena fe. Debo irme sin demora.


 


Orgón.- Sois la mejor compañía que he encontrado en los últimos años. Qué importa lo que pretendan los demás. Mi corazón no les escucha.


 


Tartufo.- Insistirán, que la insistencia es un arma del maligno. Y lo que ahora no escucháis, quizás lo escuchéis en otra coyuntura más propicia para erradicar de vuestros corazones la amistad.


 


Orgón.- Nunca, hermano, nunca.


 


Tartufo.- Una esposa lista, y vuestra Elmira no es torpe, puede convencer a su marido de lo que quiera.


 


Orgón.- No, no.


 


Tartufo.- La influencia de la mujer es siempre poderosa. Dejad que cuanto antes salga de aquí para que ya no les quede motivo para atacarme.


 


Orgón.- Seguiréis viviendo aquí, me va en ello la vida.


 


Tartufo.- Bien… Exigirá de mí un gran sacrificio… Pero si tanto lo deseáis…


 


Orgón.- ¡Oh, Tartufo!


 


Tartufo.- Sea, no se hable más. Pero es preciso coordinar bien este nuevo proyecto de vida. El honor es un bello objeto pero está hecho de un cristal delicadísimo. La amistad fraterna que os profeso y de la que, recíprocamente, vos me habéis dado pruebas tan ostensibles, me obliga a prevenir los rumores malintencionados y a no dar motivo a ningún género de sospecha. No me acercaré a vuestra esposa, y nunca me veréis…


 


Orgón.- ¡Eso sí que no, querido Tartufo! ¡Sería como pregonar una culpa que no existe! A despecho de todos la veréis a menudo, como hasta ahora. Y si los demás se enrabietan, me llevaré una gran alegría. Y no es esto bastante: no quiero tener otro heredero más que vos.


 


Tartufo.- ¿Lo habéis meditado bien, hermano Orgón?


 


Orgón.- Ahora mismo voy a haceros donación en vida, y estructurada legalmente, de mis bienes, para que los administréis con vuestra prudencia y vuestra caridad. Sois, ante todo, un buen y leal amigo al que tomo por yerno y que es para mí más querido que un hijo, una esposa y unos padres. (Le abraza efusivamente.) ¿Os impedirá vuestra humildad aceptar lo que os propongo?


 


Tartufo.- Se me saltan las lágrimas, hermano Orgón. Considerada en profundidad, es demasiada carga para mí.


 


Orgón.- (Aparte.) ¡Pobre hombre, cómo sufre!


 


Tartufo.- ¡Hágase siempre la voluntad de Dios!


 


Orgón.- ¡Hágase!


 


Tartufo.- He entendido que por escritura formalizada ante el Gobierno, me donáis esta casa…


 


Orgón.- Sí, sí…


 


Tartufo.- ¿Y vuestras dos fincas de recreo…?


 


Orgón.- (Sonríe feliz.) También, también…


 


Tartufo.- (Llora cada vez más.) ¿Y los grandes viñedos?


 


Orgón.- Por supuesto.


 


Tartufo.- ¿Y las onzas de oro depositadas en el Tesoro Real?


 


Orgón.- Inclusive.


 


Tartufo.- ¿Y las joyas de la familia?


 


Orgón.- Evidentemente.


 


Tartufo.- ¡Que carga, Dios mío, qué carga! ¡Hágase en todo su santa voluntad!


 


Orgón.- ¡Dadme un fuerte abrazo, hermano Tartufo!


 


Tartufo.- ¡Sí, hermano Orgón, abracémonos!


 


(Fin de la primera parte.)


 


SEGUNDA PARTE


 


Cuadro decimosegundo


 


(Tartufo está a punto de marcharse hacia el interior, cuando suenan unos aldabonazos en la puerta de la calle. Cruza el salón, muy ligera, Dorina, que al pasar tras Tartufo le saca la lengua sin que él lo vea. Entra posteriormente con Cleanto.)


 


 


Dorina.- Buenas tardes, señor Cleanto.


 


Cleanto.- Muy buenas, Dorina.


 


Tartufo.- Con la gracia de Dios, seáis bienvenido a esta casa, querido Cleanto.


 


Cleanto.- Os encuentro, señor, muy oportunamente para deciros que no pienso examinar a fondo lo que en la calle se murmura, aunque ese rumor no os favorece en nada.


 


Dorina.- (Aparte.) ¡Huy, lo que están largando…!


 


Cleanto.- Pero tomo el asunto por el peor lado. Supongamos que Damis no haya obrado como es debido y que se os haya acusado injustamente.


 


Dorina.- A otro perro con ese hueso.


 


Cleanto.- ¿Qué?


 


Tartufo.- ¿Decías algo, Dorina?


 


Dorina.- No. Me aclaraba la voz. Tengo una cierta ronquera.


 


Tartufo.- (A Cleanto.) Damis es una persona de corta edad, un ser inmaduro.


 


Cleanto.- Pero, ¿no es de cristianos perdonar las ofensas?


 


Dorina.- Señor Tartufo, no es mi costumbre entrometerme en las cosas de los señores, pero, ¿vais a permitir que por vuestros manejos, sea expulsado un hijo de la casa paterna?


 


Cleanto.- Ofreced a Dios el sacrificio de vuestra ira y reconciliad al hijo con su padre.


 


Tartufo.- ¡Ay! ¿Un consenso mutuo, me pedís? De ningún modo entra en mi perspectiva personal alterar una estructura familiar estable.


 


Dorina.- (A Cleanto.) ¿Qué dice, que sí o que no?


 


Cleanto.- Calla, por favor, Dorina.


 


Tartufo.- No guardo a Damis ningún rencor. No le censuro nada y quisiera servirle con toda el alma, aunque su actitud ha sido muy ofensiva hacia mí y me ha causado mucho dolor. Pero otra cosa es el interés del Cielo, al cual me debo. Si Damis regresa aquí, seré yo el que salga de esta casa.


 


Cleanto.- ¿Deseáis convertirlo en un proscrito?


 


Tartufo.- No, pero después de su acción, nuestra relación provocaría un escándalo. Me veo desprovisto de cualquier otra elección.


 


Dorina.- ¿Queréis decir que no vais a hacer nada más?


 


Tartufo.- Dirían que al sentirme culpable, fingía tener compasión del que me acusa; que al encontrarme en situación desventajosa, le temo y deseo perdonarle para poder reducirle al silencio.


 


Dorina.- Qué razones más rebuscadas.


 


Cleanto.- Presentáis disculpas engañosas.


 


Dorina.- ¡Y tanto!


 


Cleanto.- ¿A qué viene haceros cargo de los intereses del Cielo?


 


Dorina.- ¿Es que para castigar al culpable, Dios y todos los santos necesitan que les echéis una mano?


 


Tartufo.- Ya os he dicho que le perdono en mi corazón, y así cumplo con lo que el Cielo ordena. Mas también me ordena que, tras el escándalo de hace unos días, no convivamos bajo el mismo techo.


 


Cleanto.- ¿Y el Cielo también os ordena aceptar unos bienes a los que no tenéis ningún derecho?


 


Dorina.- ¡Ahí, ahí!


 


Tartufo.- Reconozco que hasta hoy he sido sujeto de una situación económica desventajosa, pero vivimos en una sociedad patriarcal y el patriarca Orgón ha decidido que cambie mi posición en ella. No soy quién para oponerme. Los que me conocen saben que no procedo así por fines egoístas, sino por docilidad. Todos los bienes del mundo tienen para mí un escaso atractivo. Si acepto lo que el señor Orgón me dona es solo para evitar que estos bienes caigan en malas manos, que hagan de ellos un uso criminal y no los empleen para socorrer a los pobres, a mayor gloria del Cielo. Mas, señor Cleanto, son ya las tres y media y cierto deber piadoso me requiere en mi habitación. Excusadme. (Se marcha.)


 


 


 


 


 


 


 


 




Cuadro decimotercero


 


(Cleanto, Dorina, y más tarde, Elmira y Mariana.)


 


 


Cleanto.- ¿Será capaz de poder con todos?


 


Dorina.- Debemos hacer algo para salvar a mi señorita Mariana, a toda la familia, y a la casa…


 


Cleanto.- Pero, ¿qué se puede hacer? Mi cuñado piensa con la cabeza de Tartufo, ve con los ojos de Tartufo, oye por las orejas de Tartufo.


 


Dorina.- Tenéis razón. Lo más grave de todo es que se niega a reconocer la bellaquería de Tartufo. No cree a su hijo Damis ni a su mujer. Ni a mí misma que soy la que más sabe de esta casa.  Cree solo a ese falso devoto y no quiere convencerse de que es un traidor lujurioso. Deberíamos conseguir que lo comprobara de la manera más evidente posible. Y preguntaréis vos: ¿de qué manera? Y yo os diré: a mí se me ocurre una… (Cleanto escucha con atención creciente.) … que mi señora Elmira provoque a Tartufo y que cuando los dos estén a punto de… de llegar a… de… vamos, ya me entendéis… mi señor Orgón pueda verlo.


 


Cleanto.- ¡Estás rematadamente loca, Dorina!, ¿cómo va a hacerlo?


 


Dorina.- Muy fácil. Pues porque antes mi señora lo habrá escondido debajo de la cama, o aquí mismo, debajo de esta mesa, sin ir más lejos. Para llegar al… al, ya me entendéis, vale cualquier sitio. Mi señora Elmira atraerá aquí al malvado, y con medias palabras, con miraditas, con falsos rubores, con discretos balanceos y despechos, lo pondrá excitadísimo. Y cuando sobre la alfombra o encima de la mesa estén los dos a punto de llegar al… ya me entendéis, saldrá de su escondite mi señor Orgón y se curará de su ceguera, de su sordera y del cierre de sus entendederas. ¿No os parece una buena idea?


 


Cleanto.- (Perplejo.) Pero… pero, Dorina… ¡Qué sarta de disparates! ¿Queréis convertir esta casa en una barraca de feria? No sé si indignarme o morirme de risa. ¡Me estoy imaginando a mi cuñado debajo de la mesa! ¿Has enloquecido, Dorina? ¡No me extraña! ¡Vamos a acabar todos locos!


 


Dorina.- ¿Mi idea os parece mal?


 


Cleanto.- ¡Calla, calla!


 


(Llegan Elmira y Mariana, muy compungidas.)


 


Dorina.- (A Cleanto.) Por favor, trabajad para la señorita Mariana con nosotras; su alma sufre una pena mortal y la firma del contrato de esponsales que su padre ha decidido para esta noche la tiene al borde de la desesperación. ¿Porqué no nos unimos para desbaratar por la fuerza o la astucia ese asqueroso proyecto que a todos nos revuelve las tripas?


 


Elmira.- Yo no sé qué hacer, no se me ocurre nada por más que pienso y pienso.


 


Cleanto.- Digo yo… si no sería conveniente que vuestro marido Orgón, viera por sí mismo el lujurioso comportamiento de Tartufo con vos, querida hermana.


 


Dorina.- Sí, qué idea más original…


 


Elmira.- ¿Qué queréis decir?


 


Cleanto.- Que, primeramente, Orgón se esconda. Por ejemplo, debajo de la mesa… Luego, vos con vuestras artes de mujer, incitarías a Tartufo, y cuando esté a punto… a punto de saltar sobre vos, aparecerá Orgón y se convencerá de la vileza de ese falso devoto.


 


Elmira.- Pero, ¿cómo? (Indignada.) ¿Cómo os atrevéis a proponérmelo? ¡A vuestra hermana! Pero, ¿no os avergonzáis? A pesar de habernos criado juntos, ¿me conocéis tan poco que me creéis capaz de semejante bajeza?


 


Dorina.- ¡Pues a mí no me parece mala idea! ¡Se ve que el señor Cleanto es un hombre inteligente!


 


Elmira.- ¡Calla, Dorina!


 


Orgón.- (Llega, ligero y contento, con unos papeles en la mano.) ¡Qué suerte hallaros reunidos! (A Mariana.) Traigo en este papel algo que te llenará de alegría. Hija mía, tú sabes a que me refiero.


 


Mariana.- Padre mío, en nombre del Cielo, que sabe cuanto estoy sufriendo, ceded una parte de vuestros deseos paternos a favor de los deseos de mi joven corazón. (Se arrodilla ante Orgón.) Libradme con vuestra bondad de la tortura de pertenecer a un hombre que me repugna, y no me empujéis a cometer una acción desesperada.


 


Orgón.- (Se siente enternecido. Aparte.) ¡Nada de blandenguerías!


 


Mariana.- Si tan grande es vuestro cariño por él, dadle vuestros bienes, que algún día serían nuestros, mas no le entreguéis mi persona. Y si rechazáis la idea de que sea Valerio, enviadme a un convento donde se consuman mis días.


 


Orgón.- ¡En cuanto un padre se opone a las pasiones amorosas, sale a relucir el cuento del convento! ¡No hagas el ridículo y levántate! (Mariana obedece.) ¡Cuánta más repugnancia sientas al unirte a ese hombre, más cerca estarás de la santidad!


 


Dorina.- ¿Lo que faltaba!


 


Orgón.- ¡Dorina!


 


Elmira.- (A Orgón.) Vuestra ceguera me asombra. ¿Tan hechizado estáis que desmentís lo que ha sucedido?


 


Orgón.- Creo lo que han visto mis ojos. Y sé también lo complaciente que sois con el sinvergüenza de mi hijo, que quiso hacer caer en la trampa a este pobre hombre. Estabais muy tranquila para que yo os creyera. Si hubiera sido cierto, hubierais reaccionado de otra manera.


 


Elmira.- Por mi parte, me limito a reírme de tales palabras. Y prefiero no escandalizar. Creo que la discreta frialdad de una repulsa es suficiente para desanimar a un atrevido.


 


Orgón.- Conozco bien el suceso, y sé que no me engaño.


 


Elmira.- Me asombra una vez más esa obstinación. ¿Si os hago ver con vuestros propios ojos y oír con vuestros oídos que es verdad lo que os dicen, os apearéis de vuestra incredulidad?


 


Orgón.- ¿Con mis ojos y oídos?


 


Elmira.- Sí.


 


Orgón.- No lo creo.


 


Elmira.- ¡Qué testarudez! (Recorre la estancia con la mirada.) Supongamos que ahora mismo, desde un sitio en que podáis estar oculto, presenciáis claramente todo, ¿qué diríais entonces de vuestro san Tartufo?


 


Orgón.- Pues diría… ¡No, no diría nada, porque eso es imposible!


 


Elmira.- ¡Bueno, ya estoy harta de vuestra ceguera! Y más que harta de que me acuséis de impostora, porque me estáis acusando. Aunque no sea más que para divertirnos, vais a ser testigo de todo lo que os he contado.


 


Orgón.- ¡Os tomo la palabra! A ver si os dais buena maña para convencerme.


 


Dorina.- ¡Qué idea más feliz habéis tenido, señora!


 


Elmira.- (A Dorina.) ¡Dorina, pronto, decidle al señor Tartufo que venga!


 


Dorina.- (Aparte, a Elmira.) Es muy astuto, no será fácil enredarle.


 


Elmira.- (Aparte, a Dorina.) No temas. Está enamorado y soy mujer.


 


(Sale, ligera, Dorina.)                  


 


Elmira.- Cleanto, ayúdame a preparar todo.


 


(Entre Cleanto y Elmira colocan la mesa en el lugar apropiado.)


 


Elmira.- Ahora, Cleanto, Mariana, dejadnos solos a Orgón y a mí.


 


(Salen Cleanto y Mariana.)


 


 


 


 


 




Cuadro decimocuarto


 


(Elmira, Orgón, y más tarde, Tartufo.)


 


 


Elmira.- Vos meteos en seguida debajo de la mesa y aguardad.


 


Orgón.- ¡Cómo!


 


Elmira.- Sí, y tapaos con los faldones del tapete. Es preciso que os escondáis bien.


 


Orgón.- ¿Porqué voy a meterme debajo de la mesa?


 


Elmira.- ¡Por Dios, dejadme hacer a mí! (Levanta los faldones del tapete.) Se me ha ocurrido una idea eficacísima, pero debéis esconderos ya. Y tened cuidado de que no se os vea ni se os oiga.


 


Orgón.- Pero, ¿podré respirar…?


 


Elmira.- Sí, pero bajito…


 


Orgón.- A ver cómo salís de ésta, querida esposa. (Va acomodándose en su escondite.)


 


Elmira.- No os escandalicéis por lo que yo haga o diga. Por medio de lisonjas y mimos, voy a desenmascararle. Halagaré sus impúdicos deseos y daré campo abierto a su lascivia. Voy a simular que correspondo a sus deseos y cesaré en cuanto os deis por convencido. Las cosas no llegarán más que hasta donde a vos os parezca bien.


 


Orgón.- (Desde debajo de la mesa.) Así lo espero.


 


(Elmira se prepara. Al poco, entra Tartufo.)


 


Tartufo.- Se me ha dicho que deseabais hablar conmigo.


 


Elmira.- Así es. He decidido confiaros unos secretos. Pero antes, cerrad la puerta y atisbad bien, no sea que nos sorprendan.


 


(Tartufo se ausenta de escena, pero regresa inmediatamente.)


 


Tartufo.- Ya está, señora Elmira. En el pasillo no hay nadie.


 


Elmira.- Un asunto como el de hace unos días no es, desde luego, el que nos conviene. ¡Cómo nos dejamos sorprender! Por vuestra culpa, Damis me ha dado un buen susto. ¿Visteis que hice todo lo posible por tranquilizarle?


 


Tartufo.- Lo ví, Elmira.


 


Elmira.- La verdad es que sentí tal turbación que no se me ocurrió desmentirle, pero por eso mismo ahora las cosas marchan mucho mejor.


 


Tartufo.- Creo haber comprobado que vuestro esposo no duda de mis buenas intenciones.


 


Elmira.- Incluso desea que se nos vea juntos, y por eso puedo encontrarme aquí ahora, encerrada con vos, y abriros mi corazón a veces demasiado impulsivo.


 


Tartufo.- Advierto que habéis cambiado vuestra actitud hacia mí, Elmira…


 


Elmira.- Si queréis decir que estáis enojado por mi anterior negativa, conocéis muy mal el alma femenina. En estos instantes, nuestro pudor lucha siempre contra los tiernos sentimientos que pueden descubrirse en nuestras miradas, en el palpitar de nuestro pecho. Aunque sea firme el amor que nos domina, sentimos vergüenza en confesarlo. Como podréis apreciar, os estoy haciendo una confesión bastante libre y he prescindido del pudor. Mas ya que esta palabra ha sido pronunciada, decidme Tartufo: ¿habría yo escuchado con tal cariño y del principio al fin el bellísimo ofrecimiento que me hicisteis de vuestro amor?


 


Tartufo.- Señora, no oso pensar…


 


Elmira.- Osad. Cuando yo misma os forcé a rechazar el casamiento con mi hija que mi esposo acababa de anunciar, ¿no debisteis al punto comprender el interés que en mi existe por vos?


 


Tartufo.- Sin duda, señora, es un placer supremo escuchar esas palabras de unos amados labios. Mieles bíblicas empapan mi corazón. El gozo de agradaros es mi máximo deseo, y mi corazón llega al éxtasis cuando imagino los vuestros. ¿Es cierta esa química que se establece entre nuestros cuerpos y nuestros deseos cuando estamos el uno cerca del otro?


 


Elmira.- Poco entiendo de química, Tartufo, pero intuyo que la respuesta a vuestra pregunta es: sí.


 


Tartufo.- ¡Oh, sí, sí, sí! ¡Monosilábico compendio de todo lo escrito, desde “El cantar de los cantares” hasta los poemas de ese Ronsard, pasando por el Aretino!


 


Elmira.- (Ruborizándose falsamente.) Lo leí, lo leí.


 


Tartufo.- Mas os pide mi corazón en este momento que le deis libertad para atreverse a dudar de su felicidad. Y desconfiaré de tan prometedor lenguaje hasta que concretéis la respuesta a mi demanda. Demando ciertos favores, creo que lo habréis advertido por las gotas de sudor que resbalan por mi frente, por la cada vez más viril ronquera de mi voz. Os lo pido sin disimulos, sin tapaderas, sin remilgos… ¡Concededme ciertos favores… ya!


 


Elmira.- (Después de toser para prevenir a Orgón.) ¡Qué decís! ¿Vais tan deprisa que no os importa agotar desde el primer momento la ternura de mi corazón? ¿No exigís con demasiada violencia lo que deseáis? ¿Para satisfacer vuestros deseos he de concederos hasta los últimos favores?


 


Tartufo.- No es de palabras de lo que pueden alimentarse mis deseos, y la única manera de comprobarlo es realizarlos cuanto antes.


 


Elmira.- ¡Dios mío! ¡Vuestro amor se manifiesta como un verdadero tirano! ¡Y cómo transforma mi espíritu! ¡Cómo gobierna imperioso mi corazón! ¡Con qué gran violencia exige lo que ansía! Es imposible defenderse de vuestro acoso.


 


Tartufo.- Cuando las personas de carácter humilde nos abrimos a los demás, somos así, señora…


 


Elmira.- Ni siquiera le dais a una indefensa mujer tiempo para respirar. Oh, Tartufo, no es decoroso que abuséis de la debilidad que por vos sienten cuantos os conocen.


 


Tartufo.- Me halaga escucharos. Pero, ¿no creéis que nos estamos desviando de nuestro destino? Si recibís benévolamente mis homenajes, ya que sois una mujer hermosa y vuestro cuerpo es apetecible, ¿porqué me negáis la prueba definitiva?


 


Elmira.- Mas, ¿cómo puedo acceder a lo que deseáis sin ofender a ese Cielo que tanto os preocupa?


 


Tartufo.- Si solamente es el Cielo el único obstáculo de mis deseos, apartarlo no es difícil para mí. Y no debe ser freno para la afinidad de nuestros objetivos.


 


Elmira.- ¡Pero no os atemorizan tanto con los castigos del más allá!


 


Tartufo.- ¿Y no es castigo este tener que estar conteniéndose en la tierra? El Cielo prohíbe, en verdad, ciertos goces, mas, una vez evaluada la situación, siempre hay lugar para transacciones y pactos. Según las necesidades y apetencias de nuestro sexo, es materia maleable y puede rectificar la supuesta maldad de los actos con la pureza de nuestra intención.


 


Elmira.- ¿Y dónde está esa pureza?


 


Tartufo.- En mí, en el impulso generoso de haceros gozar a vos; y en vos en el impulso de hacerme gozar a mí. No tenéis más que dejaros guiar; satisfaced mi deseo y no temáis; os respondo de todo y asumo el pecado.


 


(Elmira vuelve a toser. Esta vez, con más fuerza.)


 


Tartufo.- Mucho estáis tosiendo, señora.


 


Elmira.- Sí, no puedo evitarlo.


 


Tartufo.- ¿Queréis un poco de agua?


 


Elmira.- Para este catarro me temo que no serviría toda el agua del mundo.


 


Tartufo.- Pues bien, sigamos. Creo que es fácil disipar vuestros escrúpulos. No debéis consideraros como una débil paloma a la que acecha un feroz gavilán. En nuestro siglo ya están superadas las rígidas nociones tradicionales de lo masculino y lo femenino. Podéis analizar el acto de vuestra entrega desde una perspectiva existencial y realizarlo no como sumisión, sino como la expresión sincera de vuestra propia libertad. Si a lo que teméis es al escándalo social, mi experiencia os garantiza que estoy capacitado para evitarlo. Y vos sabéis que pecar sin escándalo no es pecar.


 


Elmira.- (Tose de nuevo y, como sin querer, golpea la mesa.) Veo que he de ceder, que debo consentir en concedéroslo todo… Que sin comportarme así no podré contentaros. Y que, además, será la única manera de estar acorde conmigo misma. Y si existe culpa, no es mía, sino de vuestra poderosa seducción.


 


Tartufo.- Asumo la culpa, señora.


 


Elmira.- Antes, os suplico un último favor. Abrid la puerta y recorred hasta el fondo del pasillo para comprobar si no está por ahí mi marido.


 


Tartufo.- ¿Para qué os tomáis tantos cuidados con Orgón? Es un hombre, aquí entre nosotros, al que se le lleva como un corderillo. Le incité a que me obligara a estar con vos a cada momento y picó el anzuelo. ¡Cuantísimas mujeres desearían un marido como el vuestro!


 


Elmira.- Creo que no le conocéis bien. Pero haced lo que os he pedido.


 


(Tartufo se marcha.)


 


Orgón.- (Sale de debajo de la mesa.) ¡Nunca conocí a un hombre tan abominable…!


 


Elmira.- ¡Calmaos, Orgón, estáis muy excitado!


 


Orgón.- ¿Cómo queréis que esté? ¡Todo mi mundo se viene abajo y está a punto de aplastarme! ¡Esto es mi muerte!


 


Elmira.- ¡Cómo! ¿Tan pronto salís? Volved a vuestro escondite, todavía no es tiempo. No os fiéis de simples conjeturas; si queréis ver algo importante, aguardad hasta el final.


 


Orgón.- ¡Jamás el infierno ha echado a la tierra a una criatura tan perversa!


 


Elmira.- No se debe juzgar con tanta ligereza. Convenceros bien antes de formar una opinión definitiva, no sea que os confundáis. Volved debajo de la mesa. (Orgón, de mala gana, le obedece.)


 


(Llega Tartufo.)


 


Tartufo.- Todo conspira, señora, a favor de mi felicidad. He escudriñado la galería y las estancias aledañas y no hay nadie. Ante esta situación tan propicia, os prometo que vais a gozar como nunca lo habéis hecho. Venid y sed mía… ¡Os amo!


 


(Orgón sale de debajo de la mesa.)


 


Orgón.- ¡Conteneos, Tartufo! ¡No os dejéis arrastrar por vuestras pasiones! ¡El santo varón pretende engañarme! ¡Sois el mayor canalla que he topado en mi vida! ¿Cómo es que no conseguís dominar las tentaciones? ¿Vais a desposar a mi hija y codiciáis a mi esposa? He dudado que todo esto fuera verdad, pero ya no es necesario llevar la prueba más adelante. A ella me atengo.


 


Tartufo.- ¡Cómo! ¿Vos habéis llegado a creer…?


 


Orgón.- ¡Menos ruido, por favor! Marchaos de una vez y dejadnos en paz.


 


Tartufo.- No merezco este trato, señor Orgón.


 


Orgón.- Id con vuestros cuentos a otra familia, que ésta ya la habéis destrozado. Vamos, salid de casa cuantos antes.


 


Tartufo.- Sois vos, señor Orgón, quien deberá salir, vos que os expresáis verbalmente como propietario. ¡Esta casa es mía, y haré valer ese derecho donde sea necesario! Nada conseguiréis injuriándome. (Con gran tranquilidad, dirigiéndose a Orgón.)  Sabéis muy bien que tengo medios para confundir y castigar cualquier impostura, para vengar al Cielo cuando se le ofende y para obligar a arrepentirse a los que ahora quieren echarme de mi casa. (Sale.)


 


 


 


 


 


 


 


 


 


 


 


 


 




Cuadro decimoquinto


 


(Elmira, Orgón, y más tarde, Damis, Cleanto, Dorina y Señora Pernel.)


 


 


Elmira.- ¿Qué significa esto, Orgón? ¿Qué significa esto?


 


Orgón.- (Sentándose.) No puedes imaginar lo confuso que estoy. Esto no es cosa de risa. Todo es culpa mía y la maldita donación me aterroriza.


 


Elmira.- ¿Qué maldita donación? No entiendo nada.


 


Orgón.- Ya es irremediable… (Se levanta de pronto.) Y otra cosa más: ¡la arqueta, la arqueta…!


 


Elmira.- ¿Qué arqueta, por Dios, qué arqueta?


 


Orgón.- (Se pone a llorar amargamente.) Ya lo sabréis a su debido tiempo… ¡Oh, Dios, oh, Dios…!


 


Cleanto.- (Llega. Le sorprende la actitud de Orgón.) ¿Qué os sucede ahora?


 


Elmira.- ¡Una tila, debéis tomar una tila! (Sale por donde ha llegado Cleanto.)


 


Orgón.- (Desesperado.) ¡Ni yo mismo sé lo que me sucede, Cleanto! Tartufo acaba de manifestar su intención de echarme de mi casa, y tiene derecho a ello, pues no es mi casa sino la suya.


 


Cleanto.- A mí no me pilla de sorpresa. Algo así me temía.


 


Orgón.- Más grave aún será mi situación si hace uso de la arqueta.


 


Cleanto.- ¿Qué arqueta?


 


Orgón.- Argas, un amigo a quien compadezco, me la confió muy en secreto, antes de cruzar la frontera huyendo de aquí por motivos políticos. Contiene unos papeles comprometedores. Yo, cien veces imbécil, le confié el secreto a ese traidor y él me persuadió para que le dejara guardar la arqueta, pues así, en el caso de una pesquisa, yo podría jurar que no la tenía, sin faltar a la verdad.


 


Cleanto.- Mal os veo. Al tener ese hombre tantas ventajas sobre vos harías mal en atacarle directamente.


 


Orgón.- ¡Y yo que le acogí andrajoso, cuando era casi un mendigo!  ¡Se acabó! (Se levanta, decidido.) Desde ahora renuncio al trato con todos los hombres de bien. ¡En cuanto se acerque a mí una criatura bondadosa, saldré huyendo como perseguido por el diablo!


 


Cleanto.- Siempre os lanzáis de un exceso a otro. Porque ese falso devoto haya resultado un malhechor, ¿vais a renunciar al trato con todas las personas de bien? Saldríais aún más perjudicado que ahora.


 


(Llega Damis.)


 


Damis.- Padre mío, ¿es cierto que ese miserable os amenaza?


 


Orgón.- Sí, hijo mío. ¡Y me siento en el colmo de la desdicha!


 


Damis.- ¡Le cortaré las orejas, padre mío! Me toca a mí libraros de él, y si para lograrlo es necesario, ¡lo mato!


 


Cleanto.- Habláis como os corresponde, con el ímpetu y la inconsciencia de la juventud. Recordad que vivimos bajo un Gobierno equitativo y que, durante su mandato, no se resuelven los problemas con la violencia.


 


(Llega de la calle la señora Pernel y su criada.)


 


Pernel.- ¿Qué sucede en esta horrible casa? ¡Me han llegado noticias espantosas!


 


Orgón.- Y son ciertas. Ya veis el precio con que se pagan mis bondades. Recojo a un desperdicio humano, le trato con amor fraterno; hasta le doy a mi hija, y mientras tanto el pérfido, el infame, el hijo de la gran puta de Babilonia, concibe el propósito de seducir a mi mujer y, una vez descubierto, me amenaza con emplear contra mí los beneficios que yo mismo le he otorgado.


 


(Han llegado también, Elmira, Mariana y Dorina, ésta con una tila, al tiempo de oír esto último. Le da la tila a Orgón.)


 


Dorina.- ¡Pobre hombre!


 


Orgón.- ¡Dorina!


 


Dorina.- Me refiero a vos, señor, a vos.


 


Pernel.- Hijo mío, no puedo creer que  haya sido capaz de cometer una acción tan despreciable.


 


Orgón.- ¿Qué no podéis creerlo?


 


Pernel.- Las personas de bien son siempre objeto de envidias.


 


Orgón.- ¿Qué queréis decir, madre?


 


Pernel.- Os lo dije cien veces cuando erais pequeño: la virtud siempre es perseguida. Los envidiosos mueren, pero la envidia no.


 


Orgón.- ¡Mis ojos son testigos!


 


Pernel.- A las malas lenguas no se les agota el veneno. Os lo dije de pequeño.


 


Orgón.- ¡Madre, ya no soy pequeño! ¡Lo he visto con mis ojos! ¿Y cómo se llama lo que he visto? ¿Debo gritároslo cien veces?


 


Pernel.- Hijo mío, Orgón querido, no siempre se puede juzgar por lo que los ojos nos muestran.


 


Orgón.- ¡Pero si he visto a mi mujer debajo de Tartufo!


 


Pernel.- Muchas veces se interpreta un bien como un mal.


 


Orgón.- ¿Debo interpretar como un deseo piadoso el de acostarse con mi mujer?


 


Pernel.- El exceso de celo nubla la vista y nos impide ver con claridad. Deberíais aguardar hasta estar seguro. He sentido el alma de ese hombre plena de fervor purísimo. No puedo concebir que haya intentado lo que contáis.


 


Orgón.- Mirad, señora, si no fuerais mi madre os hablaría de otro modo…


 


Dorina.- Justa compensación: antes no queríais creer y ahora no os creen.


 


Cleanto.- Estamos perdiendo el tiempo. Debemos pensar qué se puede hacer ante las amenazas de Tartufo.


 


Damis.- Pero, ¿se atreverá a llevarlas a cabo?


 


Elmira.- Me parece imposible.


 




Cuadro decimosexto


 


(Los mismos. Entra el Alguacil Leal.)


 


 


Orgón.- (A Dorina, al ver al Alguacil que acaba de entrar.) ¿Quién es ese hombre? ¿Qué quiere? Infórmate, Dorina. ¡Bueno estoy yo para visitas!


 


Dorina.- (Al Alguacil.) ¿Qué deseáis, señor?


 


Alguacil.- Hablar con el señor de la casa.


 


Dorina.- No es el mejor momento para recibir visitas.


 


Alguacil.- No voy a ser inoportuno, y mi presencia no trae nada desagradable. Vengo para hablar de algo que le causará placer.


 


Dorina.- ¿Cómo os llamáis?


 


Alguacil.- Decidle que vengo de parte del señor Tartufo para hablarle de algo relacionado con sus bienes.


 


Dorina.- (Se acerca a Orgón.) Es un señor muy amable que viene de parte de Tartufo para algo de dinero que, según dice, le causará placer.


 


Orgón.- (A Cleanto.) Tal vez busca reconciliarnos. (Al Alguacil.) Acercáos, por favor, señor.


 


Alguacil.- Mis saludos, señor Orgón. Que el Cielo os sea tan propicio como deseo y castigue a quien os ofenda. Me llamo Leal, y soy Alguacil. Hace unos años tuve relación con varios miembros de vuestra familia…


 


Orgón.- Lo siento, estoy avergonzado por no reconoceros ni recordar vuestro nombre, y os pido perdón por ello.


 


Alguacil.- Desde hace veinte años, gracias al Cielo, tengo la dicha de ejercer este cargo con honor, y vengo, señor, con vuestra licencia, a entregaros un mandato…


 


Orgón.- ¿Vos venís a…?


 


Alguacil.- Por favor, señor, no os alteréis. Se trata solamente de un requerimiento, una orden de desalojo para que vos y vuestra familia abandonéis esta casa. Y saquéis vuestros muebles para dejar sitio a otros.


 


Orgón.- ¿Yo abandonar mi casa?


 


Alguacil.- (Sin dejar de sonreír.) Sí, señor. Si no os molesta… La casa, como sabéis, ahora pertenece al señor Tartufo sin lugar a dudas. De vuestros otros bienes también es propietario, en virtud de un contrato que traigo aquí: está en forma y no tiene nada de objetable.


 


Dorina.- (Aparte.) Huy, huy, cuando se empieza con contratos, que si vos firmáis aquí, que si yo firmo allí, siempre se acaba mal.


 


Damis.- Desde luego, es una de las muestras de cinismo más grandes que he visto en mi vida.


 


Alguacil.- Señor, yo no tengo nada que tratar con vos. Solamente con el señor (Se refiere a Orgón.). El es razonable y tranquilo y sabe perfectamente que un hombre de bien no debe oponerse jamás a los representantes de la justicia.


 


Orgón.- Pero, señor, yo nunca…


 


Alguacil.- Estoy seguro de que con vuestra familia y vuestros criados no iniciaréis una revolución, y consentiréis, como buena persona que sois, que ejecute las órdenes que se me han encomendado.


 


Damis.- Mientras exhibáis la insignia de Alguacil no hay entre nosotros equilibrio de poderes, pero si os la quitarais os apalearía.


 


Alguacil.- Haced que vuestro hijo se calle o se retire, señor. Me desagradaría consignar sus palabras y su actitud en el acta que debo levantar. Siento un gran afecto por las personas de bien, y no he deseado hacerme cargo de este procedimiento sino para satisfaceros, evitando que se pudiera elegir a quienes, al no tener por vos y vuestra casa el cariño que yo tengo, hubiesen podido actuar de peor manera.


 


Orgón.- ¿Se os ocurre algo peor que echar a la gente de su propia casa?


 


Alguacil.- Para abandonarla tenéis de plazo hasta mañana. Más tarde mis hombres, simplemente, se dedicarán a sacar de ella los muebles. Espero que sepáis corresponder el trato indulgente que os dispenso y os comportéis bien.


 


Orgón.- (Aparte.) Daría las últimas monedas que me quedan para partirle la cara a este sonriente tipejo…


 


Cleanto.- (Bajo, a Orgón.) Calma, no lo echemos todo a rodar.


 


Damis.- (Aparte.) Se me van las manos, se me van las manos…


 


Dorina.- (Al Alguacil.) A vuestras espaldas les hace falta algo.


 


Alguacil.- ¿El qué?


 


Dorina.- Unos cuantos palos.


 


Alguacil.- Podría castigar esa insolencia, pues, tras los últimos avances sociales, a las mujeres también se les encierra.


 


Cleanto.- (Al Alguacil.) Acabemos, Alguacil. Dadme ese papel y largaos.


 


Alguacil.- (Abre la carpeta y entrega el mandato.) Hasta más ver. (A Orgón.) Que el Cielo os siga prestando su ayuda. (Sale.)




Cuadro decimoctavo


 


(Los mismos y, más tarde, Valerio, el Policía y Tartufo.)


 


 


 


Orgón.- Ya veis, madre, si tenía razón. Podéis juzgar vos misma: ¿ya conoces sus traiciones?


 


Pernel.- ¡Estoy pasmada, hijo! ¡He vivido en las nubes!


 


Dorina.- (A Orgón.) Hacéis mal en lamentaros y en censurarle, señor. Todo esto confirma sus piadosos deseos. Ama al prójimo, sabe que los bienes materiales corrompen a los hombres y, por pura caridad, se los apropia él para liberaros de ellos.


 


Elmira.- La gente debe saber lo que ha hecho ese vil desgraciado. Su comportamiento ruin anulará la validez del contrato.


 


(Llega Valerio muy apresurado.)


 


Mariana.- ¡Valerio!


 


Valerio.- Vengo a hablar con vuestro padre, Mariana. Lamento mucho, señor, venir a causaros un disgusto.


 


Orgón.- ¿Otro más?


 


Valerio.- Pero me veo forzado a hacerlo porque os halláis en peligro.


 


Orgón.- De sobra lo sé.


 


Valerio.- Un amigo, que sabe el interés que me inspiráis, por ayudarme, ha violado un secreto de Estado y acaba de enviarme una carta en la que me dice que debéis huir inmediatamente.


 


Orgón.- ¿Huir yo?


 


Valerio.- Sí. Tartufo os ha acusado al Gobierno.


 


Orgón.- ¿De qué ha podido acusarme?


 


Valerio.- Ha hecho entrega de una arqueta perteneciente a un reo del Estado, que vos habéis guardado en secreto.


 


Orgón.- ¿Se me acusa, pues, de encubridor?


 


Valerio.- Ignoro los detalles de la acusación, pero se ha dado orden de captura contra vos. Y Tartufo mismo está encargado, para su mejor ejecución, de acompañar a quien ha de deteneros.


 


Cleanto.- Con eso pretende asegurarse que todos vuestros bienes pasen a sus manos.


 


Valerio.- La menor dilación puede ser fatal.


 


Orgón.- ¿No hay más solución que la huída?


 


Valerio.- No hay otra. Yo me ofrezco a llevaros hasta un buen escondite. Vamos, no perdamos más tiempo.


 


Orgón.- El Cielo me sea propicio para poder pagaros a todos según mi deseo.


 


Cleanto.- ¡Deprisa, deprisa! Marchad cuanto antes, hermano mío, ya habéis oído a Valerio.


 


Dorina.- Nosotros cuidaremos de…


 


(Llegan un policía y Tartufo.)


 


Tartufo.- Calma, señor, calma. No vayáis tan deprisa. No necesitáis ir muy lejos para encontrar alojamiento. En nombre del Gobierno, daos preso.


 


Orgón.- Este es el último dardo que me guardabas. Es el tiro de gracia, ¿verdad, bandido? Así rematas tus perfidias.


 


Tartufo.- Vuestras injurias no me hieren. El Cielo me ha enseñado a soportar el sufrimiento.


 


Cleanto.- Grande es vuestra moderación, lo reconozco.


 


Dorina.- ¡Hasta llega a burlarse del Cielo este infame!


 


Tartufo.- Aunque inventéis insultos nuevos, no conseguiréis irritarme. Solo vengo a cumplir con mi deber.


 


Dorina.- Cumpliéndolo, alcanzaréis gran honra. Es un deber grandioso.


 


Tartufo.- No puede no serlo, viniendo de nuestro Gobierno.


 


Orgón.- ¿Olvidaste tan pronto la mano caritativa que te sacó de la miseria?


 


Tartufo.- Sé las ayudas que se me han prestado, pero el interés del Gobierno es mi primer deber. Y sacrificaría a él los más firmes lazos, amigos, mujer, parientes, y a mí mismo, si fuera necesario.


 


Elmira.- ¡Impostor!


 


Cleanto.- ¿Pues os ha costado bastante demostrar esa fidelidad!


 


Dorina.- ¡Antes habéis demostrado otro tipo de fidelidades!


 


Tartufo.- ¡Libradme, señor policía, de tantas palabras obvias y estúpidas! Dignaos cumplir vuestras órdenes, por favor.


 


Policía.- Es verdad, me estaba retrasando en cumplirlas: vos mismo me lo habéis recordado. Y para ejecutarlas, seguidme ahora mismo a prisión, señor Tartufo.


 


Tartufo.- (Que se había distraído mirando a Elmira.) ¿Qué…?  ¿Me habláis a mí…? ¿Qué significa…?


 


Policía.- Si, a vos.


 


Tartufo.- No entiendo nada… ¿Porqué mencionáis la cárcel…?


 


Policía.- No es a vos a quien debo dar explicaciones. Tranquilizaos, señor Orgón. Vivimos bajo la protección de un Gobierno enemigo del fraude, y que no se deja engañar por las artes de algunos corruptos.


 


Tartufo.- Ya conozco la eficacia del Gobierno…


 


Policía.- Sabréis entonces que su inclinación hacia los hombres sinceros añade una decidida aversión a los falsos.


 


Tartufo.- (Impaciente.) ¿Y en qué se relaciona esto con lo que nos ocupa, si puede saberse?


 


Policía.- (Se dirige ahora no a Tartufo sino a todos los demás. Señala a Tartufo.) Este hombre no fue capaz de sorprender a nuestro Gobierno, que, por medio de sus eficaces servicios de información, llegó a penetrar en los pliegues más sutiles de su alma sin conciencia. Al acusaros, él mismo se ha traicionado, y se ha declarado al fin como un malhechor reincidente.


 


Tartufo.- ¿Cómo…?


 


Elmira.- ¿Qué decís?


 


Pernel.- ¡Sigo pasmada!


 


Orgón.- ¡Gracias, Dios mío!


 


Dorina.- ¡Es increíble!


 


Damis.- ¿Se sabía ya que era un delincuente?


 


Policía.- Efectivamente, se sabía. Nos consta que Tartufo tiene una larga lista de fechorías. Nuestro Gobierno detesta su cobarde ingratitud y me ha encargado que le acompañe hasta aquí para constatar cómo llegaba hasta el final en su desfachatez y para compensaros de todo.


 


Orgón.- ¿Y cómo seré recompensado, señor policía?


 


Policía.- Esa es materia de los jueces. Y ya sabéis que la Justicia no es caprichosa, pero sí sorprendente.


 


Orgón.- ¿Y mis documentos?


 


Policía.- Tengo orden de despojar al delincuente de todos ellos, incluidos los de cierta arqueta. Con su soberano poder, nuestro Gobierno rompe los lazos del contrato por el que hicisteis donación a Tartufo de todos vuestros bienes…


 


Mariana.- (Aparte.) ¡Oh, mi dote!


 


Elmira.- (Aparte.) ¡Oh, mi casa!


 


Dorina.- (Aparte.) ¡Oh, mi sueldo!


 


Policía.- …y finalmente os perdona la ofensa que hicisteis al Estado de propiciar la fuga de vuestro amigo, el de la arqueta. Esta es la recompensa que se os concede por el celo que en otras ocasiones habéis demostrado en defensa del bien público.


 


Pernel.- ¡Al fin salgo del pasmo! (A Orgón.) ¡Toma, hijo! (Le da un beso.)


 


Orgón.- (Amenazador, a Tartufo, que sale, conducido por el policía.) ¿Por fin asume, ahora, el traidor sus culpas?


 


Cleanto.- ¡Hermano mío, deteneos! Sed generoso, aunque la repugnancia que sentís por ese hombre sea inmensa.




Cuadro decimonoveno


(Dorina y los demás.)


 


 (La acción se detiene y los personajes se quedan estáticos e iluminados de una forma especial que les confiere un aire de irrealidad. Dorina, sin embargo, atraviesa la habitación y se sienta tranquilamente encima de la mesa en la que ha sido desenmascarado Tartufo. De algún lugar oculto saca un puro y se lo enciende con delectación. Observa las figuras que el humo produce en el aire. Se adelanta a primer plano, dirigiéndose al público.)


Dorina.- Así es. (Fuma.) Los virtuosos deben serlo de manera especial en estas ocasiones. Y convendría que sacaran dos lecciones de lo que aquí ha pasado. No todos los que alardean de virtud, realmente la poseen. Es fácil entonces engañar a quienes normalmente ven la realidad con los deformados lentes de una ideología autoritaria. Y otra, todavía más importante: el reino de los tartufos es siempre posible porque existen orgones que les abren las puertas de sus casas. Cuidado, pues.


 (Sigue fumando mientras el cuadro familiar, que parece indiferente a esta circunstancia, se activa y todo vuelve lentamente al estado anterior. Valerio y Mariana, por ejemplo, se abrazan. Cleanto se dirige a Elmira y Tartufo y habla con ellos animadamente. Estos desaparecen posteriormente cogidos de la mano. Damis ayuda a la Señora Pernel, que camina con dificultades. La normalidad ha regresado al hogar. Lentamente, cae el telón.)


 FIN


 


 


 

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